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miércoles, 26 de diciembre de 2012

HOGUERA BÁRBARA - Alfredo Pareja Díezcanseco


Título: Hoguera Bárbara

Autor: Alfredo Pareja Diezcanseco (Guayaquil, Guayas, 1908; Quito, Pichincha, 1993)

Año de publicación: 1944

Edición: Libresa, Crónica de sueños, octubre 2007

Páginas:  538


Escribir la vida de Eloy Alfaro vale tanto casi como escribir la historia de la República del Ecuador, a partir de su separación de la Gran Colombia de Bolívar. No he pretendido esto, que será afán de otras tareas. He querido presentar a un hombre, pero su retrato de gran americano se individualiza en los primeros planos de un paisaje histórico de muchos años, y se reafirma entre las innúmeras figuras de un coro trágico.
Ningún hombre, después del Libertador, se empeñó tanto y de manera así de tenaz, como se empeñara Alfaro por conseguir no sólo la reconstrucción de la Gran Colombia, sino la perdurable solidaridad americana...
La vida de Alfaro y la vida de mi tierra no hacen más que una sola gran novela.



Una vez más (y ya van...) tengo que pedir perdón a los lectores de este blog por la inconstancia de las actualizaciones. Como he dicho en otras ocasiones, la falta de tiempo libre me impide dedicar a la
página todo el tiempo que merece. No obstante, la actualización de hoy es importante.
Para empezar, ya está colgada en la biblioteca para su descarga una de las obras más demandadas:
JUYUNGO de Adalberto Ortiz
Además, nueva entrada, de un autor importante, una obra importante dedicada a un personaje fundamental. Me puse a mí mismo este compromiso. Antes de que finalizara 2012, el año en el que se
conmemora el centenario del brutal asesinato de don Eloy Alfaro Delgado, leería esta biografía, escribiría y publicaría su comentario y, por fin, la escanearía para su descarga. Me parece un justo homenaje para el que algunos definen como el mejor ecuatoriano de todos los tiempos.
Hoy hablaré de Hoguera Bárbara, de Alfredo Pareja Díezcanseco.
Antes de comenzar quiero decir alguna cosa del autor, ya que no es ésta la primera obra suya que comento. Con La Pequeñas Estatuas fui muy crítico y, ahora lo veo, algo injusto. Más de una vez he aclarado que mi sistema para puntuar en este blog es absolutamente subjetivo. No hago un sesudo análisis de literatura comparada, definiendo ambientación, estilo, recursos, personajes, etcétera. No. Yo me baso en sensaciones personales. Puntúo en función de las expectativas que tuviera de la obra antes de comenzar su lectura y si se ven colmadas o sobrepasadas en su transcurso. Más que la calidad literaria que puedan tener, tengo en cuenta el regusto que me deje al final. Son, pues, críticas muy personales, y por eso mismo pueden verse influidas por mi situación personal en el momento de su redacción, corriendo el riesgo de caer en la injusticia. Y creo que eso es precisamente lo que
ocurrió con la novela anterior de este autor. Me explico. Por aquel entonces estaba comenzando mi idilio con la cultura ecuatoriana. Quería saber más y más del país, de su historia y de sus gentes, y
siempre he sostenido que la mejor forma de conocer un lugar es a través de su narrativa. Pero en España era (y es) muy difícil conseguir libros de autores ecuatorianos, de manera que lo poco que
conseguía lo devoraba. El primer título que cayó en mis manos fue Huasipungo, de Jorge Icaza, y me dio lo que le pedía (me enseñó las relaciones de poder en el agro, así como las condiciones de vida de
los distintos grupos que habitan la sierra); luego leí Sueño de Lobos y ocurrió lo mismo (en este caso me mostró la vida en el Quito contemporáneo). Por fin leí Las Pequeñas Estaturas y me encontré con
una historia desubicada en el espacio y en el tiempo, que no me hablaba de lo que yo ansiaba oír. De ahí mi decepción. Ahora ha pasado el tiempo, he leído a más autores ecuatorianos y ya no pido a una
novela las mismas cosas que antes. Ahora quiero una buena historia, bien contada, y unos personajes que me lleguen, que me los pueda creer. Aunque esté ambientada en las Antípodas. Si hoy volviera a
valorar esta obra, teniendo en cuenta lo que es (una fábula sobre la decepción y la tradición a los ideales, una crítica feria a aquellos movimientos de izquierda tan ortodoxos y rígidos que se acaban
convirtiendo en lo que deberían combatir) y no lo que quisiera que fuera, estoy seguro de que subiría la nota.
En fin, basta de justificaciones. Es hora de centrarme en la obra que toca hoy. Para mantener fiel a mis métodos, comenzaré señalando lo que no ha terminado de convencerme. El primer problema de Hoguera Bárbara es su definición. No es un libro de historia ni una biografía, al menos no de un modo aséptico y distanciado del personaje. Creo que si tuviera que encuadrarlo en un género sería una hagiografía, una vida de santos (santo civil, en este caso). Alfredo Pareja nos quiere contar la vida de Eloy Alfaro pero tal y como nos la hubiera contado el protagonista. Me explico. Es una biografía muy concienzuda, que detalla cada una de las etapas del “Viejo Luchador”, desde su infancia en Montecristi hasta su asesinato en Quito. Cuenta sus victorias y también sus derrotas, así como su relación con todos aquellos que fueron importantes en su vida. El autor demuestra el trabajo de investigación y documentación tan exhaustivo sobre el personaje, estudiando la prensa contemporánea y la correspondencia que mantuvo con amigos y enemigos. Volviendo al problema que le veo a esta obra (y es un problema con matices), creo que el autor no toma distancia suficiente
respecto al personaje. Se muestra abiertamente partidario de él.
Antes de que se me tiren a la yugular en los comentarios, diciendome que Alfaro fue el mejor presidente del Ecuador, que modernizó estructuras anquilosadas desde la colonia, que su obra política
perdura en el país cien años después, etc; dejen que me explique, por favor. Yo soy un gran admirador de Alfaro. Estoy de acuerdo en que su figura supone un punto de inflexión en la historia del país, que en pocos años consiguió transformar un estado casi feudal, controlado por caciques, banqueros y obispos, convirtiéndolo en un país con perspectivas de futuro. Dicho de otra forma, yo soy alfarista. Si señalo la falta de imparcialidad en el autor (seré el primero en decir que me estoy contradiciendo, ya que unas líneas más arriba afirmo que mis críticas no son imparciales en absoluto), es porque deshumaniza al personaje. Eloy Alfaro no era un santo, era un ser humano, y estoy seguro de que como tal, tendría sus momentos de mezquindad o de crueldad injustificada. Como todo el mundo. Y esos momentos explicarían algunos de sus actos, por lo que son importantes. Sin embargo en esta obra se evitan. El autor sí muestra errores cometidos por el personaje, pero siempre los justifica por la excesiva virtud de Alfaro en contraposición con la maldad o indolencia de los demás (Pareja no es tan amable con los que rodean al presidente, sobre todo si en algún momento se enfrentan a él). Entiendo que para muchos lectores esto no suponga ningún problema, pero para mí, sí. Cuando un personaje está muy idealizado, sencillamente no me lo creo. Y es una pena la sensación que he tenido al acabar esta obra. Después de leer más de quinientas páginas sobre una figura que me interesa mucho, me
quedo con el regusto de que no la he conocido, de que se me ha escatimado una parte, la más humana. De que se me ha vendido la moto, en definitiva.
Dicho esto, y enviándome ya más desahogado, he de aclarar que esta Hoguera Bárbara me ha hecho disfrutar por muchas razones. Porque me ha hablado de una época fascinante de la historia ecuatoriana, porque está muy bien escrita, con mucha elegancia, porque se detiene mucho en los detalles pero además es ágil en su lectura. Una vez que te engancha no puedes dejarla.
Por todo ello, y a pesar del problema que señalé, no puedo hacer otra cosa que no sea recomendarla vivamente, sobre todo a aquellos interesados en la historia.
 
Puntuación: 75/100
 

viernes, 10 de febrero de 2012

QUE TE PERDONE EL VIENTO - Eliécer Cárdenas


Título: Que te perdone el viento

Autor: Eliécer Cárdenas Espinosa (Cañar, Cañar, 1950)

Año de publicación: 1993

Edición: Libresa, colección BNE, segunda reimpresión, junio  1996

Páginas: 196, 11 capítulos

Cuando evoca las vertientes poéticas de “Polvo y Ceniza”, Eliécer Cárdenas reitera su amor por la leyenda viva de héroes carnales y concretos que, sin embargo, se han diluido en la conciencia de los ecuatorianos como mitos. Del mismo modo pausado, elegante y preciso con el que, en su momento, rescató la imagen de Naún Briones esta vez, en “Que te perdone el viento”, el diestro escritor azuayo convoca la memoria de dos ilustres figuras nacionales, separadas por la ideología y la política pero unidas, de manera distinta, en un mismo devenir histórico: el arzobispo Federico González Suárez y el general de la revolución liberal, Eloy Alfaro.



Tristemente ya estoy de regreso en Madrid. Acabó mi viaje por tierras ecuatorianas, un viaje que ha sido especialmente productivo para mí. Además vuelvo con una buena colección de libros a comentar en el futuro. Y no sólo cantidad. Si la calidad de los próximos se acerca siquiera mínimamente al que comentaré hoy, voy a ser muy feliz haciéndolo.
Hoy hablaré de “Que te perdone el viento”, de Eliécer Cárdenas. De este autor ya leí y comenté hace un tiempo la que es su obra más popular, “Polvo y Ceniza”. Y esa novela me dejó tan buen sabor de boca que me he resistido a leer alguna otra suya por miedo a que me decepcionase.
Me decidí por fin a leer esta, quizás por sentimentalismo. Me encontraba en Quito justo cuando se cumplía el centenario de la Hoguera Bárbara, el brutal asesinato de Eloy Alfaro, y quise leer algo de este personaje (próximamente comentaré otra obra dedicada al Viejo Luchador). Leí la contraportada de este libro y fui engañado por lo que me decía, aunque bendito engaño.
Vamos a ver, comenzaré diciendo que es falso que esta novela hable de dos de las figuras claves de la historia ecuatoriana, el presidente Eloy Alfaro y el arzobispo González Suárez. No sé si a ustedes les sugiere eso el texto que he copiado más arriba, pero a mí, sí. En realidad el protagonista absoluto es el arzobispo de Quito. Si bien es cierto que la novela parte de la noche de la Hoguera, durante toda la obra nos sumergimos en la vida de Federico González Suárez, desde su infancia humilde en las calles de Quito, luego como misionero jesuita en las selvas del oriente del país, su ordenación como sacerdote en Cuenca, su afán por escribir la obra definitiva sobre la historia del Ecuador, sus funciones como obispo de Ibarra y, por fin, como arzobispo de Quito y cabeza de la Iglesia en el país.
Alfaro aparece, por supuesto, pero casi como un fantasma cuya presencia tiene el fin de perturbar, de alguna manera, al protagonista.
La narración no es lineal, como podría esperarse en el autor. Eliécer Cárdenas juega con los recuerdos del arzobispo, con sus diarios, con sus reflexiones, con su vida, pero la estructura de la novela no está embarullada en absoluto. Siempre sabemos de qué está hablando, a qué personajes y a qué tiempos se refiere.
Otro logro de Cárdenas, que también encontramos en su momento en “Polvo y Ceniza”, es la intensidad con que el lector empatiza con el protagonista. Da igual que se trate de un bandido o de un miembro del clero (personalmente, no sé qué me da más miedo), una vez se llega al final he sentido la necesidad de saber más de él, de creer que todo lo que acabo de leer es rotundamente cierto, que no es literatura, que es historia.
Y aseguro que se trata de literatura, y de la mejor. Aunque en principio todo lo que se cuenta parte de la noche trágica del 28 de enero de 1912, cada capítulo toma un rumbo diferente y va a parar a un momento de la vida de González Suárez. Y cada capítulo está narrado de una forma distinta, con una voz y un estilo distinto. Y cada capítulo está construido de forma tan precisa, tan armoniosa, que es muy difícil quedarse con momentos puntuales.
Sin embargo, lo voy a hacer. Me voy a quedar con dos capítulos que me han parecido prodigiosos: “Las portaleras, madre”, donde se remite a su infancia y el personaje/autor reflexiona sobre la verdadera misericordia; y, sobre todo, “Un libro de oraciones”, donde el arzobispo se da cuenta de su derrota, después de dedicar años a investigar la historia de su país para poder conocer su alma, y, en una noche, por un acto de barbarie, entiende que nunca lo consiguió.
Por supuesto no puedo hacer otra cosa que recomendar fervientemente la lectura de esta novela, imprescindible en todos los sentidos. Nada falta, nada sobra, todo encaja.

Puntuación: 95/100

Posdata. Aunque no he podido leer tanto como hubiera deseado sobre Eloy Alfaro en esta obra, valga esta entrada como homenaje a su memoria. Y, aprovechando que su verdadero protagonista es un insigne historiador ecuatoriano, mi recuerdo también para otro, recientemente fallecido, don Jorge Salvador Lara, quien más me ha ayudado a conocer este país al que tanto amo.



sábado, 14 de enero de 2012

DOCE RELATOS / LOS SANGURIMAS



Título: Doce relatos. Los Sangurimas


Autor: José de la Cuadra y Vargas (Guayaquil, Guayas, 1903; Guayaquil, Guayas, 1941)

Año de publicación: 1934 (novela)

Edición: Libresa, colección Antares, segunda edición, tercera reimpresión, marzo 2009

Páginas: 285, 12 cuentos y 1 novela

Los Doce relatos contenidos en este volumen evidencian la calidad literaria que hace que De la Cuadra sea considerado el gran maestro de los escritores del llamado «Grupo de Guayaquil»: su realismo, sin abandonar el tratamiento de temas campesinos característico de su generación, incorpora elementos urbanos que le dan un tinte distintivo.
La novela corta Los Sangurimas es reconocida como precursora del realismo mágico. Su estructura responde a la del matapalo, el árbol montuvio: Nicasio Sangurima es el robusto tronco del cual se desprenden ramas, vigorosas todas, pero muy diferentes entre sí: comerciante es un hijo, sacerdote otro, abogado uno más, coronel el predilecto. Pactos con el diablo, crímenes inconfesables, amancebamientos, amores trágicos, la mágica cotidianidad montuvia, constituyen el transfondo de esta gran obra, una de las más importantes de la narrativa ecuatoriana de todos los tiempos.

Al fin, con cierto retraso respecto a lo anunciado, publico una nueva entrada del blog.
Además, esta es una entrada muy especial. Primero, porque trata sobre una novela a la que tenía muchas ganas, “Los Sangurimas”, de José de la Cuadra, una obra que sienta un precedente de lo que se llamaría después Realismo Mágico, el ¿género?, ¿corriente literaria? que ha dado más gloria a la literatura en español del siglo XX (por lo menos ha dado la que para mí es la novela perfecta, “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez; ya no sé cuántas veces la habré leído). Y, segundo, porque escribo (y publico) estas líneas desde Quito, en el que es mi tercer viaje a las bellísimas tierras del Ecuador. Por supuesto estoy aprovechando el viaje para conocer aún mejor el país y para renovar mi biblioteca, por lo que espero que pueda actualizar el blog con más frecuencia en lo sucesivo.
Centrándonos en la obra que voy a comentar, la novela, al menos en la edición que he tenido el gusto de leer, viene acompañada por una selección de doce relatos publicados por el autor en diferentes libros. En concreto aparecen los siguientes:
De “Repisas”: El fin de la “Teresita” y Chumbote.
De “Horno”: Barraquera, Cólimes Jótel, Chichería, Olor de cacao, Banda de pueblo, Ayoras falsos y La Tigra.
De “Guásinton”: Guásinton y El santo nuevo.
Sin publicar: Galleros.
En la mayor parte de estos cuentos el autor se centra en el mundo del montuvio ecuatoriano, aquel habitante de las provincias de la costa que viven de espaldas al mar, trabajando y viviendo de lo que da la tierra (y pido perdón por esta definición tan imprecisa y, acaso, incorrecta).
Todos estos cuentos están escritos con corazón. José de la Cuadra conoce al personaje y sus vicisitudes, por lo que es capaz de recrear el habla característica y el ambiente de forma excepcional. Con una gran economía del lenguaje (no se pierde en descripciones detalladas) consigue incorporar al lector al relato de un modo muy natural.
Sin embargo a mí no han conseguido entusiasmarme. Y el problema es mío, eso lo tengo claro.
Cuando yo pienso en cuentos, pienso en Borges, en Cortázar, en Monterroso,… De un relato espero que el autor me engañe, que me muestre una historia completa a pesar de su brevedad, con principio y final, que juegue con la realidad y con mi inteligencia. Por todo ello tengo un problema con los relatos costumbristas. No me basta con conocer retazos de la vida de algún personaje, por muy bien que esté construido; quiero que se le presenten situaciones que lo pongan a prueba, a él y a mí como lector, y eso no lo encuentro aquí.
Otra cosa muy diferente es la novela.
“Los Sangurimas” es una novela corta centrada en una familia de hacendados montuvios, la familia Sangurima.
La estructura de la novela puede ser similar a la de una colección de relatos cortos, ligados por una historia común. En fragmentos dispares en cuanto a la longitud, nunca demasiado largos, se narra la vida de los componentes de esta familia, desde que se levanta la hacienda “La Hondura”, hasta el acontecimiento que provoca su final.
“Los Sangurimas” me ha parecido una novela excelente que ha conseguido absorberme por completo. Tal vez sea porque el autor ha conseguido salpicar su narración con momentos extraordinarios (pactos con el diablo incluidos), además de por la creación de un personaje maravilloso, el patriarca don Nicasio Sangurima.
Este es el personaje central de la novela, el que levanta y mantiene la hacienda y el que, por su posición, desencadena su perdición. Es personaje muy rico en matices, que consigue despertar simultáneamente la empatía y la repugnancia del lector. Cada frase que pronuncia es una sentencia, pero no por eso cae en el estereotipo.
Para finalizar, aunque he disfrutado con algunos de los relatos seleccionados (me quedo con “La Tigra”, “Guásinton” y “El santo nuevo”) creo que la nota será más objetiva si puntúo sólo la novela.

Puntuación: 87/100

Posdata. Aunque tengo bastante claro cuál va a ser la próxima obra que comente he decidido no adelantarme, por lo que pudiera pasar. Sí voy a aprovechar para hacer un llamamiento a mis lectores ecuatorianos. Estoy buscando algo (una novela, un cuento, un ensayo, una biografía,...) que esté centrado en la figura de Rumiñahui. Hasta ahora mi búsqueda ha sido infructuosa. Por ello, si alguien me puede recomendar un título se lo agradecería mucho.

martes, 20 de julio de 2010

UN HOMBRE MUERTO A PUNTAPIÉS - Pablo Palacio

Título: Un hombre muerto a puntapiés

Autor: Pablo Arturo Palacio Suárez (Loja, Loja, 1906; Guayaquil, Guayas, 1947)

Año de publicación: 1927

Edición: (Como Obras Completas) Libresa, colección Antares,segunda edición, agosto 1998

Páginas: 62, 9 cuentos

Pablo Palacio es uno de los fundadores de la vanguardia en el Ecuador y América Latina, y un adelantado en cuanto a estructuras y contenidos narrativos. A partir de los setenta del siglo anterior, su obra entra en un proceso de recuperación y relectura como el que realiza la española María del Carmen Fernández para estas Obras completas.
En este libro el lector podrá encontrar, además de toda la obra narrativa de Palacio de la que se tiene noticia, los poemas que publicó, sus escritos de divulgación filosófica y artículos de actualidad política, en una de las aportaciones más lúcidas de la literatura ecuatoriana.

Por supuesto tengo que comenzar esta entrada pidiendo perdón a todos aquellos lectores que hayan estado esperando desde el día 3 de julio la publicación de este artículo. Estas son unas fechas complicadas, llegan las vacaciones y paradójicamente se dispone de menos tiempo libre. Lo cierto es que lo justo hubiera sido haber publicado una nota para anunciar que me iba a retrasar, cosa que no he hecho. Por ello aparco las excusas y les pido humildemente disculpas.

Ahora sí, me pongo a hablar del libro que toca.
Entre los libros que tengo pendientes de leer (y de comentar), poseo uno que contiene las obras completas del autor Pablo Palacio. Llevo un tiempo pensando cómo iba a presentarlo, si en un sólo artículo en el que hable de todos sus textos aunque sea más largo de lo que vienen siendo los artículos corrientes, o bien hacerlo en varios artículos, comentando cada una de las obras por separado. Finalmente he optado por la segunda idea. Por ello empezaré con el que es considerado como uno de las más importantes colecciones de cuentos publicadas en Ecuador, referenciada en libros de texto de literatura nacional: “Un hombre muerto a puntapiés”.
Voy a retomar lo que dije hace un par de semanas (¿cómo?, ¿qué ya ha pasado más de un mes?), cuando comentaba “Memorial de amores”, la selección de relatos de Raúl Vallejo. En aquel caso hablé de las cosas que yo esperaba al leer un cuento, sea cual sea el autor o el género. Dije que para mí era fundamental que se respetara la economía en el uso del lenguaje y que la historia fuera completa, con una estructura bien definida que no te deje a medias. Pues precisamente eso es lo que he encontrado en este libro.
“Un hombre muerto a puntapiés” es un extraordinario ejemplo del tipo de narrativa a la que me refiero, aderezada, eso sí, con un ingrediente que, cuando se sabe emplear, hace que todo texto mejore exponencialmente: el sentido del humor.
Cada uno de los cuentos que Pablo Palacio presenta en este libro está cargado de grandes dosis de humor. Pero no es un humor fácil, apoyado en juegos de palabras sin sustancia o en situaciones equívocas. No. Se trata de un humor negro, corrosivo e incisivo. El narrador no tiene contemplaciones a la hora de describir las situaciones más grotescas con la mayor naturalidad. Y que nadie piense por ello que el mal gusto campa a sus anchas por las páginas de esta obra, porque no es así. La maestría que luce el autor en este relato es que no pierde la sutileza en sus palabras en ningún momento, sea lo que sea que esté contando.
No es algo que suela hacer habitualmente, pero quiero añadir ahora un aperitivo en la forma de un fragmento que he extraído del cuento con el título “El antropófago”.

Al principio le prescribieron dieta: legumbres y nada más que legumbres; pero había sido de ver la gresca armada. Los vigilantes creyeron que iba a romper los hierros y comérselos a toditos. ¡Y se lo merecían los muy crueles! ¡Ponérseles en la cabeza el martirizar de tal manera a un hombre habituado a servirse de viandas sabrosas! No, esto no le cabe a nadie. Carne habían de darle, sin remedio, y cruda.

Mencionaré que este cuento habla de un hombre al que tienen encerrado porque intentó devorar a su propio hijo, en lo que sería una versión libre y local del mito de Cronos. Este detalle sirve para entender el funcionamiento de muchos de los relatos de Palacio. A menudo parte de una referencia externa, como puede ser la mitología grecorromana en este caso o incluso una nota aparecida en la sección de sucesos de un diario, como ocurre en el cuento que da nombre a la colección, para integrarla en su particular cosmos y convertirla en lo que es, una muestra de una literatura muy personal, diferente en todos sus aspectos con lo que se estaba escribiendo en el país de su tiempo.
De entre todos los cuentos que componen “Un hombre muerto a puntapiés” voy a quedarme con uno que me parece excepcional. Me refiero al titulado “La doble y única mujer”. Es la historia de unas hermanas siamesas de las que sólo una tiene consciencia, aún cuando es consciencia compuesta. Está narrado en primera persona del singular y del plural simultáneamente. El cuento, que podría haber resultado sórdido o extremadamente confuso escrito por otras manos, es de una belleza trágica que difícilmente puede ser expresada con palabras.
Si algo hay que pueda señalar como un punto débil es que, a diferencia de lo que ocurría con los cuentos de Raúl Vallejo, en los de Palacio no se retrata la sociedad de su época. Con ello quiero decir que sabemos que cada uno de estos relatos está ambientado en Ecuador por la nacionalidad del autor y por pequeñas pistas que deja de vez en cuando. Aparte de ello podrían ocurrir igual en París que en Tokio.
Voy a cerrar este artículo recomendando con fervor la lectura de estos cuentos. Son de los mejores que he podido leer desde hace mucho.

Puntuación: 92/100

Posdata. Durante lo que queda de julio y todo el mes de agosto voy a hacer una parada. La aprovecharé para coger fuerzas y para intentar ponerme al día con la biblioteca de autores ecuatorianos, proyecto que tengo muy retrasado. En septiembre regresaré comentando “Pájara la memoria”, de Iván Égüez. Hasta entonces, feliz verano a todos.

sábado, 5 de junio de 2010

EL RINCÓN DE LOS JUSTOS - Jorge Velasco Mackenzie

Título: El rincón de los justos

Autor: Jorge Eduardo Velasco Mackenzie (Guayaquil, Guayas, 1949)

Año de publicación: 1983

Edición: Libresa, colección Antares, segunda edición, 1990

Páginas: 221, Estudio introductorio + Algunos juicios críticos + Cronología + Bibliografía recomendada + Temas para trabajo de los estudiantes + 4 capítulos + epílogo

Jorge Velasco Mackenzie constituye, sin duda, una de las fuertes voces narrativas de la actual literatura ecuatoriana.
Velasco incorpora con esta novela, al escenario de lo literario, lugares y personajes que en el mundo real pertenecen a la esfera de lo marginal: en estas páginas se recogen sus vehemencias, su lenguaje, sus desafíos diarios, su detino trágico.

En el día de hoy regresamos a Guayaquil para comentar la novela corta de Jorge Velasco Mackenzie “El rincón de los justos”.

La novela le debe su título a un antro situado en un barrio marginal de la ciudad, Matavilela, barrio que tiene sus días contados pues va a ser desalojado por orden municipal. La novela se ambienta en el Guayaquil de finales de los años setenta (el autor es aún más concreto, haciendo coincidir la acción con uno de los sucesos más transcendentes y señalados de la ciudad: el fallecimiento y multitudinario velorio del cantante melódico Julio Jaramillo, ocurrido el 9 de febrero del año 1978 y que tendrá mucho peso en los personajes). Durante la corta fracción de tiempo en la que transcurre la obra (abarca de dos a tres días) vamos conociendo e integrándonos en el barrio. En tan poco espacio (la novela no dura más de ciento cincuenta páginas) seremos testigos y cómplices de cada uno de los personajes que pululan por este universo marginal: el bizco Fuvio, que pasa las noches espiando a una mujer; las dos Martillo, la virgen y la puta; Sebas, el más machito, líder espiritual de la comunidad; las Damas Tetonas de la Caridad, que recorren los peores lugares de la ciudad para recaudar las limosnas de las imágenes de yeso; el Diablo Sordo, que escribe secretos y analfabetos mensajes de amor a la mesera de “El rincón de los Justos”; Mañalarga y Marcial; el matrimonio Chacón; Paco y Blanca Aurora; Cristof; el Niño Avilés; Tello;…
Todos con una historia propia pero no aislada, que se cruza y que se mezcla con la de todos los demás conformando la radiografía de ese ecosistema tan distinto y tan igual en el mundo entero de un barrio marginal.
He de confesar que al principio la lectura de esta novela me resultó desconcertante y, por qué no decirlo, pesada. Esto lo achaco a la estructura de la novela. Está formada por cuatro capítulos que, a su vez, están compuestos por infinidad de fragmentos más o menos independientes. Cada una de estas secuencias está narrada de una forma distinta, ora en primera, ora en tercera persona (incluso hay alguna en segunda), por narradores distintos que nos se identifican. La cantidad de personajes y de subtramas que conforman la obra (además de la carencia de una trama principal) llega a abrumar en las primeras páginas, siendo imprescindible echar mano de las notas a pie de página para poder situarnos y saber en realidad qué está pasando. Pues bien, cuando toda esta confusión iba a hacer que etiquetara “El rincón de los justos” con el sello: Novela únicamente recomendada para aquellos que fueran capaces de pagar de la página 75 del “Ulises” de Joyce, de repente, la niebla se disipó.
De repente supe quién es quién, de repente me incorporé al relato, de repente un tostón de novela se convirtió en una narración apasionante que no pude dejar de leer hasta el fin. Y eso sin modificar su estructura inicial.
Esta novela presenta historias que son sublimes, dignas de ser consideradas como cuentos independientes. Es espectacular aquella en la que Sebas narra, en tiempo real y en primera persona, un partido de fútbol. O esa elegía póstuma a Julio Jaramillo escrita por uno de sus músicos.
Los personajes están muy bien desarrollados, son muy identificables y rebosan carisma. Además están bien balanceados, de tal forma que es difícil seleccionar a alguno por encima del resto (si tuviera que hacerlo me quedaría con el viejo Mañalarga, un botellero avaro y malhumorado que lee compulsivamente historietas de El Santo y fantasea con que regrese su hijo del servicio militar y se transforme en el héroe enmascarado).
El lenguaje se adecua perfectamente a cada uno de los muchos narradores, lo que también funciona como pista para ser identificados.
Todo lo expuesto es la grandeza de la obra de Velasco Mackenzie, la que no supe distinguir hasta que dejé de buscar el bosque y me recreé en los árboles. Y, por supuesto, ese es quizás también su hándicap, que no es una novela accesible para cualquiera, por más que la temática pueda resultar atractiva.

Puntuación: 94/100
 
Posdata. El día 19 de junio volveré para hablar de la colección de cuentos “Memorial de amores”, de Raúl Vallejo.

sábado, 8 de mayo de 2010

DON GOYO - Demetrio Aguilera Malta

Título: Don Goyo

Autor: Raúl Demetrio Aguilera Malta (Guayaquil, Guayas, 1909; México D.F., México, 1981)

Año de publicación: 1933

Edición: Libresa, colección Antares, 2005

Páginas: 289; Estudio introductorio + Algunos juicios críticos + Cronología + Bibliografía recomendada + Temas para trabajo de los estudiantes + 3 partes

Su novela Don Goyo constituye la más pura exaltación de la vida del trópico marino, en donde el hombre se integra a la naturaleza, a la manera del árbol del mangle que se aferra con sus raíces a la tierra y moja sus renuevos en el mar. Las descripciones de esta novela y de La isla virgen del mismo autor se cuentan entre las mejores páginas que se han escrito sobre el paisaje costanero del Ecuador.
Jorge Carrera Andrade


La novela de la que hablaré en el día de hoy es “Don Goyo”, de Demetrio Aguilera Malta.
Como pueden ver más arriba esta edición sí presenta un breve texto en la contraportada, pero apenas sirve para hacernos una idea del tema de la obra. Resumiré entonces un poco la trama.
En la desembocadura del río Guayas hay un grupo de islas e islotes habitado por una comunidad de cholos. Estos montuvios se dedican a cortar leña de los manglares para venderla en la capital. Desde tiempos inmemoriales esta comunidad está dirigida por un personaje enigmático, don Goyo, el primer habitante de estas tierras, de quien se dice que tiene un pacto con el diablo.
Este libro cuenta muy poco más, de manera que no me voy a extender más con el resumen. Gran parte del mismo está dedicado a describir tanto a los hombres que viven en estas tierras y sus formas de vida como al hábitat en sí. Pero esta novela tiene algo especial, algo mágico. Tiene a don Goyo.
Según me fui adentrando en la lectura de esta novela no pude hacer otra cosa que comparar al personaje de don Goyo con otro personaje ilustre, el inmenso José Arcadio Buendía de “Cien años de soledad”. Ambos tienen esa condición de patriarcas bíblicos, de fundadores de una dinastía, de hombres poderosos que creen en una serie de valores: en la justicia, en el trabajo, en la tierra y en la magia. Ambos son escuchados y respetados por sus gentes como líderes del clan. Ambos son tomados por locos y desechados por sus vecinos cuando sus palabras no son convenientes para la mayoría. Hasta el final de los dos personajes tiene semejanzas. No quiero decir con esto que necesariamente Gabriel García Márquez se inspirara en el personaje de Aguilera Malta para construir el suyo. Creo más bien que los dos autores tomaron como modelo un personaje de rasgos comunes entre los montuvios del Pacífico y los del Caribe.
En cualquier caso, Demetrio Aguilera Malta prefigura de alguna manera lo que más tarde será conocido como el “realismo mágico”. En “Don Goyo” nos encontramos ante una sucesión de cuadros costumbristas aderezados por sucesos extraordinarios. No sólo eso. También plantea una defensa del ecologismo en una época tan temprana como son los años treinta del siglo XX. Don Goyo quiere salvar sus bosques de mangles de la voracidad del hombre blanco.
En estas páginas encontraremos retazos de denuncia social, pero el autor rehúye profundizar en este tema. En “Don Goyo” se habla de concertajes, de ricos advenedizos, de comerciantes aprovechados, pero nada de eso priva a los cholos de su pequeño edén, donde conviven en armonía con los manglares. No por lo menos en el tiempo que transcurre dentro de la novela, aunque ya se dan avisos de que el desastre está en camino. Después de haber leído obras como “Cuando los guayacanes florecían” o “Juyungo” esperaba que en cualquier momento algún terrateniente avaricioso desposeyera a los personajes de sus tierras, acabando con su forma de vida.
Tengo que destacar un detalle de esta novela que, para mí, le hace perder puntos. A pesar de que es una obra realmente corta considero que le sobran capítulos. Me refiero a los capítulos dedicados a Cusumbo, que llegan a ocupar un tercio de la obra. Esta historia no lleva a ninguna parte y engaña al lector sin necesidad. Cusumbo era un concierto que se emancipa de su patrón a las bravas, se hace pescador y recala en este archipiélago para acabar haciéndose manglero. En el transcurso de esta narración hace esporádicas apariciones el propio don Goyo, pero no deja de ser una sombra que recorre los esteros velando por su pueblo. Tomando lo leído en esta primera parte pensé que el protagonista real de la novela era Cusumbo y que don Goyo no era otra cosa que un arquetipo (salvando las distancias, algo así como el personaje que interpreta Orson Welles en “El tercer hombre”). Pero no. Empieza la segunda parte y el protagonismo completo recae sobre don Goyo y ya no lo suelta. Puedo entender que el autor hizo esto para introducir al lector en su mundo, de la misma forma que Cusumbo se integra en la comunidad siendo foráneo a ella. Puedo entender que Aguilera Malta quisiera incorporar a su novela escenas propias de la vida en el trópico, pero para mí no funciona. Yo entiendo la novela como una precisa pieza de relojería, donde cada engranaje, cada una de sus sub-tramas, asiste y acompaña a la historia principal (esto lo vimos ya con “El éxodo de Yangana”; en su primera parte aparecían multitud de personajes con su pequeña historia correspondiente, y de la mayor parte de ellos no se volvía a Hablar; sin embargo en la obra de Ángel F. Rojas había un objetivo definido para ello: hacer que el lector fuera uno más de los habitantes del pueblo). Hay autores que consideran la novela como un saco donde cabe todo (el ejemplo más manido es el de Pío Baroja). Bien, no voy a despreciar estas obras pues las novelas psicológicas/de aprendizaje que narran la trayectoria vital de un personaje están construidas de esta forma. La historia principal es tan amplia y tan sólida que pueden permitirse añadir brochazos independientes a ella. Pero para “Don Goyo” esto no sirve. La novela es demasiado corta y se dedican demasiadas páginas a Cusumbo. Aquí esa historia parece de relleno.
No me alargaré más, que ya me estoy excediendo. La novela es extraordinaria y lo sería más si se aventase la paja, dejando sólo el grano de las dos últimas partes.

Puntuación: 84/100
 
Posdata. En la próxima ocasión hablaré de otra de las novelas imprescindibles de la literatura ecuatoriana: “Las cruces sobre el agua”, de Joaquín Gallegos Lara.

sábado, 10 de abril de 2010

CUANDO LOS GUAYACANES FLORECÍAN - Nelson Estupiñán Bass

Título: Cuando los guayacanes florecían

Autor: Nelson Estupiñán Bass (Súa, Esmeraldas, 1912; Pensilvania, USA, 2002)

Año de publicación: 1954

Edición: Libresa, colección Antares, segunda edición, febrero 2008

Páginas: 295; Estudio introductorio + Algunos juicios críticos + Cronología + Bibliografía recomendada + Temas para trabajo de los estudiantes + 15 capítulos

Esta novela recrea, con maestría, un episodio de la historia ecuatoriana: Eloy Alfaro, el líder de la revolución liberal, es asesinado por una turba ebria y fanática. En respuesta, uno de sus militares leales, el coronel Carlos Concha, promovió un levantamiento armado en la provincia de Esmeraldas. Peones pobres de las haciendas esmeraldeñas formaron el batallón revolucionario que enfrentó al bien armado ejército gobiernista; el coraje y el valor de los sublevados no fueron suficientes para evitar la derrota. Entonces, fortalecida por la victoria, la clase dominante esmeraldeña, los “gusanos”, incrementa los ya ancestrales atropellos contra la clase oprimida: peones, conciertos, negros, tagüeros, maestros: todo vuelve como al principio.
Cuando los guayacanes florecían es una de las mejores novelas ecuatorianas de todos los tiempos, no solo por abordar una gesta social importante del Ecuador de principios del siglo XX, sino porque incorpora la vida social y cultural del pueblo afro a la literatura, y porque deja un mensaje esperanzador: en medio del eterno retorno de la injusticia, los guayacanes, símbolo de la esperanza popular, florecen una y otra vez.

La novela de la que hablaré en el día de hoy es “Cuando los guayacanes florecían”, de Nelson Estupiñán Bass. La elección de este libro ahora no es azarosa pues considero que guarda relación con el que comenté hace hoy dos semanas, “Juyungo”. Guarda relación porque ambos denuncian los abusos que sufren los negros en la provincia ecuatoriana de Esmeraldas así como la inmensa corrupción de los poderosos (“Cuando los guayacanes florecían” profundiza aún más en este tema a lo largo de los capítulos finales). Aunque la obra de Adalberto Ortiz se publicó con anterioridad a la de Estupiñán Bass, los hechos que narra son posteriores.
“Cuando los guayacanes florecían” nos habla de la revuelta conchista de principios del siglo XX, un suceso que tiene una cuestionable trascendencia histórica pero que ha sido muy utilizado por los novelistas esmeraldeños, aún cuando fuera sólo como telón de fondo. Tras el asesinato y posterior arrastre por las calles de Quito del cadáver de Eloy Alfaro uno de sus afines, el coronel Carlos Concha Torres, levantó en armas la provincia de Esmeraldas. Batallones de negros pobres armados con machetes se enfrentaron durante un par de años a las tropas regulares enviadas por el gobierno para sofocar la revolución. Luchaban por la libertad de los esclavos (aunque el concertaje ya había sido abolido se seguía practicando en las grandes haciendas de todo el país) y por la mejora de la calidad de vida de los desheredados.
Los primeros capítulos de esta novela engañan hábilmente al lector. Idealizan a los sublevados conchistas, que reclutan a sus soldados con discursos y no a la fuerza, que liberan conciertos y afirman luchar por un futuro mejor para sus hijos. Las tropas gobiernistas, por su parte, son retratadas como una panda de bandidos sanguinarios que saquean las ciudades que toman y que roban, violan y torturan a civiles inocentes. Cuando ya creemos que el autor va a ponerse completamente del lado de los soldados de Concha, la revolución se va pervirtiendo. Los oficiales cometen las mismas tropelías que sus homónimos rivales y no dudan en convertir a los alzados en cuatreros para asegurarse una fortuna cuando todo acabe.
Desde el principio de la novela Nelson Estupiñán juega al despiste. Comienza reproduciendo la proclama del coronel Concha, justificando su levantamiento, para, acto seguido, insertar un texto del historiador Óscar Efrén Reyes donde culpa en parte a dicha revuelta del atraso de la provincia.
Un personaje que representa claramente la ambivalencia a la que juega el autor es el de don Rodrigo Medrano de Pereira y Quezada, un criollo que llega a Esmeraldas en mitad de la guerra para hacer fortuna. Aparece ya hacia la mitad del libro y el autor hace un retrato amable de él:
Era muy amante de la libertad y partidario de la pureza del sufragio, sin intervención del Gobierno. Saludaba y sonreía con el mismo afecto a grandes y pequeños, a blancos y negros.
¿A que cae bien? ¿Verdad que no parece una descripción irónica? Pues después de generar estas expectativas el personaje termina siendo el mayor hijo de puta de todos los que se apelotonan en este libro. Y son unos cuantos.
Una vez que fracasa la revolución es cuando la novela se muestra más encarnizadamente cruda. El mundo que queda después es, incluso, peor que el que había antes. Los conciertos libertados tiene que volver a sus dueños y los pobres son estafados y encerrados en presidio por las mismas autoridades. Son tantas y tan dolientes las arbitrariedades que quedan registradas en estos capítulos que consiguen despertar la indignación del lector. Quiero creer que son exageraciones y no experiencias observadas por el lector en su niñez, pero me temo lo peor.
“Cuando los guayacanes florecían” funciona muy bien como novela de denuncia, mas como obra literaria también resulta ejemplar. La construcción es muy correcta, intercalando capítulos que, a modo de mosaico, van relatando los hechos desde diferentes perspectivas. Las descripciones, a su vez, son muy sutiles. A pesar de la tentación que siempre supone la selva para un prosista, el autor da preferencia a la acción y a los diálogos (estos últimos especialmente cuidados).
Si tuviera que señalar algún aspecto mejorable de la obra sería que, siendo una novela coral, hay pocos personajes que destaquen. Aunque cada uno tenga un pasado propio (que a menudo es relatado), la mayor parte de ellos son indistinguibles unos de otros. También entiendo que esto es consecuente, pues el autor lo que pretende es mostrar la opresión de todo un segmento de la sociedad.
En definitiva, una gran novela y un necesario retrato de la corrupción en el país.

Puntuación: 93/100

Posdata. De aquí a dos sábados haré un pequeño cambio de registro. Hablaré de "Ecuador. Raíces y esperanzas", de Joaquín Martínez Amador.


sábado, 30 de enero de 2010

LAS CATILINARIAS - Juan Montalvo


Título: Las catilinarias

Autor: Juan María Montalvo Fiallos (Ambato, Tungurahua, 1832; París, Francia, 1889)

Año de publicación: 1880-1882

Edición: Libresa, colección Antares, segunda edición, diciembre 2008

Páginas: 393; Estudio introductorio + Algunos juicios críticos + Cronología + Bibliografía recomendada + Temas para trabajo de los estudiantes + 12 ensayos

Conjunto de doce ensayos publicados entre 1880 y 1882, que critican al dictador Ignacio de Veintemilla, que ejercía un mal habido poder en el Ecuador desde 1876: lo tacha de tirano, de inculto y salvaje; condena su prepotencia y arrogancia; pone en evidencia la corrupción, la opresión y los crímenes políticos que propicia. Y, como cortina de fondo, describe a la sociedad ecuatoriana de su tiempo, sin dejar de juzgar, también en forma dura, a otros políticos o a sectores del clero.
Considerado el libro más combativo de Montalvo, Las Catilinarias conserva actualidad. Transcurridos más de cien años de su publicación, sus críticas parecen dirigidas a combatir una situación social y política que no parece haber cambiado nada, sino, por el contrario, hacerse más grave.

Hoy finalmente me enmiendo de una de las mayores carencias que tenía este blog. No era justificable el hecho de que en una página dedicada a autores ecuatorianos faltase un artículo sobre Juan Montalvo, para muchos el hombre que ha dado mayor lustre a las letras de este país. Más aún cuando anteriormente ya he reseñado una obra de Juan León Mera, su álter ego oscuro (pido perdón por llamarlo así; sólo es que me llaman la atención las coincidencias entre ambos literatos: los dos nacieron en el mismo año, en la misma ciudad y su nombre de pila es Juan, pero uno es conservador mientras que Montalvo es liberal) a pesar de que yo debería tener más afinidad con este autor. Lo dicho, esta manifiesta injusticia quedará hoy resuelta con el comentario de “Las catilinarias”, quizás la obra más popular de Juan Montalvo, una colección de artículos/ensayos dedicados a dinamitar la imagen pública del dictador Ignacio de Veintemilla.

Tengo sentimientos encontrados al respecto de esta obra. Por un lado he quedado admirado por la elegancia y la maestría en el manejo del lenguaje de la que hace gala el autor ambateño, y por otra encuentro ciertos detalles que me chirrían. Mejor comenzaré con lo que menos me ha gustado, así me lo quito de encima.
Primero. Soy consciente de que, a pesar de que Juan Montalvo es la voz de los liberales ecuatorianos, es un liberal del siglo XIX. Es un liberal pre-Nietzsche, pre-Darwin, pre-Marx y pre-Freud (sé que algunas de estas figuras son contemporáneas o incluso anteriores a Montalvo, pero sus ideas aún no han sido suficientemente difundidas, estudiadas o aceptadas). Con ello nos encontramos con que muchas de las aseveraciones que encontramos en esta obra nos pueden parecer muy rancias, más cercanas a lo que hoy entendemos como conservadoras. Esto es así cuando el autor, refiriéndose a los primeros movimientos feministas que levantan su voz en Europa, dice: “No vamos tan adelante en nuestras exigencias, señores, que nos pongamos ahora a reclamar el pleno ejercicio de los derechos políticos, como en mala hora están haciendo en Francia, Alemania y otras naciones ciertas mujeres de poco juicio;…”. No es este el único caso. En ocasiones arremete contra minorías étnicas, como negros o indios, además de despreciar la cultura ancestral de su propio país. Da la impresión de que le gustaría que el Ecuador fuera una nación europea y le cabrean todas las singularidades que lo aparten de su visión.
Otro detalle discordante es que denuncia la hipocresía del clero, pero él mismo habla como un predicador, dando recetas para la salvación del alma (no estoy acusando al mismo Montalvo de hipócrita pues no considero contradictorias ambas cosas, sólo me llama la atención que, siendo liberal, dedique tantas letras a adoctrinar sobre moral cristiana).
Por último, y con esto me dejo de dar pegas, Juan Montalvo se quiere mucho a sí mismo. Él es un genio, todo lo que hace es honorable y todo aquel que ose criticarle es indigno. Acepto que estos son artículos muy personales y que en el género ensayístico la humildad no suele estar presente (salvaré si acaso a Alfredo Bryce Echenique, pero se dice que no todos sus artículos son suyos), acepto que, efectivamente, él se condujo fiel a sus principios a lo largo de toda su vida, acepto que la mayor parte de sus críticos eran ciegos a sus propias vigas, pero Montalvo se excede en su glorificación.
Vayamos ahora a las partes que son dignas de elogio. La primera salta a los ojos nada más leer la primera página. El estilo de Montalvo es sublime, muy claramente influenciado por Cervantes. Se nota que fue un hombre de vasta cultura, pues muy a menudo inserta referencias clásicas. Eso sí, si considera que estas son demasiado oscuras de inmediato hace la aclaración pertinente para que los lectores más legos puedan comprender el sentido de sus metáforas.
En todas y cada una de las doce catilinarias Montalvo se dedica a desollar a un personaje de la política ecuatoriana. Su víctima predilecta, cómo no, es el citado general Veintemilla (un oscuro tiranuelo que habría sido olvidado por la Historia si el propio Montalvo no lo hubiera hecho inmortal), pero también dedica sus dardos envenenados al anterior presidente, Antonio Borrero, a su ministro Manuel Gómez de la Torre, al general José María Urbina, así como a distintas congregaciones religiosas (le tiene mucha inquina a los jesuítas). Montalvo domina el arte del insulto en distintas variantes. En ocasiones se limita a emplear el sarcasmo (son despiadadas las descripciones que hace de sus enemigos, tanto físicas como morales), pero otras veces pide directamente el asesinato del personaje en cuestión. No se corta en llamar pusilánimes a los ecuatorianos por no echarse a la calle a despedazar al déspota que los gobierna (esta acusación me produjo no poca sorpresa además de parecerme muy injusta, pues son pocos los presidentes que han completado su legislatura en la República de Ecuador, siendo los más de ellos, también Veintemilla, depuestos por acción de un golpe militar o de una revuelta ciudadana).
Pero sería muy inapropiado decir que “Las catilinarias” es sólo un catálogo de insultos. Montalvo imparte lecciones de buena educación, de buenas costumbres, de buen juicio y de estética. Este libro puede ser considerado (y así lo ha sido por mucha gente) una auténtica guía moral.
Para concluir, y teniendo en cuenta los aspectos menos favorables que remarqué antes, este libro es un grandioso modelo de retórica. Y es un auténtico placer leerlo.

Puntuación: 79/100
 
Posdata. Dentro de dos sábados seguiremos con obras dedicadas a dictadores de triste fama. Comentaré entonces “Sé que viene a matarme”, de Alicia Yánez Cossío, donde se nos narra la vida de Gabriel García Moreno.

sábado, 31 de octubre de 2009

NOVELITAS ECUATORIANAS - Juan León Mera


Título: Novelitas ecuatorianas

Autor: Juan León Mera Martínez (Ambato, Tungurahua, 1832; Ambato, Tungurahua, 1894)

Año de publicación: 1909

Edición: Libresa, colección Antares, primera edición 1999

Páginas: 253, Estudio introductorio + Algunos juicios críticos + Cronología + Bibliografía recomendada + Temas para trabajo de los estudiantes + 5 novelitas



(Novelitas ecuatorianas) pretenden reflejar una época, muestran las costumbres del lugar fielmente trasladadas y pintan seres que podrían ser el Juan de la esquina o el Pedro de la vecindad... el primer brote espontáneo de relato nacional, porque ya intenso, ya maduro, ya de mayor trascendencia, devendría en "novela de costumbres", es decir novela del lugar, relato propio.


Rodrigo Pachano Lalama


Novelistas y narradores

Hoy hablaré de un libro de relatos escrito por Juan León Mera, conocido por ser autor de, entre otras cosas, la letra del himno nacional de la República del Ecuador.

Esta obra, “Novelitas ecuatorianas”, está compuesta de seis historias. Dado que son sólo seis lo que voy a hacer es dedicar un pequeño comentario a cada una de ellas.


Entre dos tías y un tío
Sin duda este es el mejor relato de la colección. Trata de una huérfana que está al cuidado de su ruin tía. Bueno, ella y su herencia, que es hija de un héroe de la independencia. Ella está enamorada de un campesino joven y trabajador, pero pobre, por lo que su tía se opone al casamiento.
No sé hasta qué punto se puede considerar a Juan León Mera como un autor romántico (o tardo romántico, en cualquier caso), aunque es evidente que toda la obra, no sólo este relato, están muy influenciada por esta corriente. En este cuento no falta nada: el amor infortunado, los paisajes agrestes y tormentosos, la tragedia… En el momento de la lectura de este cuento me encontré leyendo a Bécquer, y eso en ningún caso puede ser criticable.


Porque soy cristiano
Con un título semejante me esperaba el típico cuento proselitista pero, afortunadamente, no es así. En esta historia nos encontramos en la época de las guerras civiles posteriores a la independencia. Un soldado enfermo es obligado a alistarse en una leva forzosa y queda al mando de un capitán chusquero que le amenaza, le agrede y le acaba mutilando. Pasa el tiempo y el ex soldado tiene la oportunidad de vengarse del capitán.
Este relato tiene moraleja, al igual que la mayoría de los que le acompañan, pero no afea mucho el resultado.


Un matrimonio inconveniente
Esta es la novela más larga y también la más difícil de leer. Y no porque sea pesada, que el autor sabe lo que hace. Es porque el tema ha quedado muy anticuado. Un hombre viudo y buen católico tiene una hija en edad casadera, la cual es pretendida por un joven galante, bien parecido y bien situado, de trato agradable y honrado a carta cabal. Sin embargo el padre no está conforme con el matrimonio por la gran lacra que tiene su futuro yerno: el susodicho es ateo. Finalmente el matrimonio se produce y la felicidad inicial se trunca con los primeros apuros económicos, ya que el yerno se derrumba al no tener un firme sustento moral donde agarrarse.
Hay que ponerse en situación para evaluar esta historia. Nos encontramos a finales del siglo XIX, donde la moral era un tema más considerado que ahora, y en América, donde incluso hoy en día la moral cristiana tiene mucho más arraigo que en el viejo continente. Pero no nos engañemos, las tesis que defiende el autor en este relato ya eran antiguallas en el momento de su publicación. Pero insisto, formalmente es impecable y ni siquiera cuando el carca del padre se enrolla en sus disquisiciones moralistas se convierte en un relato pesado.


Historieta
Las tres últimas novelitas son muy breves. En esta, a través de las palabras de un viejo indio que llevaba una existencia cómoda y que ahora malvive como siervo, nos encontramos con la tragedia de los pueblos de la serranía, ahogados por diezmos, priostazgos y la corrupción de funcionarios y curas.
Este relato adelanta lo que luego sería conocido como realismo social o indigenista, que tan maravillosamente trabajó Jorge Icaza en la inmortal “Huasipungo”.


Un recuerdo y unos versos
De este hay muy poco que decir. El propio autor (se supone que es el propio autor) nos recuerda un suceso que ocurrió hace algún tiempo, cuando ayudó a una joven enamorada a escribir un poema para su esquivo amante.
Un tanto intrascendente pero se resuelve en pocas páginas.


Una mañana en los Andes
Una comitiva, entre la que se encuentra el narrador, asciende a una elevación de los Andes accidentales para contemplar la salida del sol.
Todo el cuento es un cuadro en el Juan León Mera hace gala de sus excepcionales dotes a la hora de describir. No hay sombra de trama pero no lo necesita. Es una gozada mirar a través de los ojos del autor la magnificencia del paisaje ecuatoriano.


Estas son las novelitas presentadas en este libro. Todas ellas comparten algunos trazos comunes, como el hecho de estar situadas en los alrededores de la ciudad de Ambato, el afán de retratar las costumbres de un tiempo y un lugar, el valor ejemplarizante que suele concluir en una moraleja y su toque fatalista más propio de los autores románticos (el autor hablaba de estos relatos como de cuadros costumbristas y no me parece una definición descabellada, pero sigo pensando que estos cuentos tiene más que ver con el Romanticismo que con el Realismo).
Juan León Mera es un autor con mucho oficio a pesar de las pocas obras que nos legó. Escribe con mucha agilidad y eso hace que su obra se puede leer sin ningún problema, a pesar de lo mal que han envejecido algunos de los temas que trata. Quizás si la selección de cuentos fuera más amplia habría podido ser incluso odiosa, pero por suerte es una experiencia breve y grata.


Puntuación: 77/100
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