sábado, 22 de mayo de 2010

LAS CRUCES SOBRE EL AGUA - Joaquín Gallegos Lara


Título: Las cruces sobre el agua

Autor: Joaquín Gallegos Lara (Guayaquil, Guayas, 1911; Guayaquil, Guayas, 1947)

Año de publicación: 1946

Edición: Editorial EDYM, 1993

Páginas: 199; Introducción + 15 capítulos

"Las cruces sobre el agua" es definida certeramente por el ilustre escritor y ensayista ecuatoriano Adrián Carrasco en estos términos:
"Novela total y completa, que biografía a un pueblo; documento socio-político excepcional, que plantea nuevos conceptos de nacionalidad, cultura e historia ecuatoriana. Novela y documento que toma al pueblo como verdadero protagonista; que propone una visión alternativa a la ambivalencia realidad/ficción que sostiene la cultura oficial; que rescata y pondera el idioma popular, el hablar de la gente, en contraposición al español académico y normalizado, al que enriquece; que siembra en la memoria colectiva la figura de líderes políticos e intelectuales como Eloy Alfaro, Concha, Montalvo, etc; que critica, sin contemplaciones, la debilidad del propio pueblo en su organización y dirección; que expresa el primer rechazo social a la impunidad de la violencia del Estado."

Hoy vamos a hablar de otro clásico de la literatura ecuatoriana, uno de esos libros ante los que me tengo que enfrentar con respeto. Y no es fácil. Puedo criticar sin miedo una novela de un autor poco conocido o una obra menor de uno de los grandes pero, ¿qué pasa si manifiesto públicamente que no me gusta el Quijote (es sólo un ejemplo, siento devoción por el Quijote)? ¿Cómo quedo si no soy capaz de admirar las excelencias de una creación reconocida en el mundo entero? Tengo que recordar que este blog no es en absoluto académico, que en él me limito a volcar mis impresiones personales, lo que hace mis críticas completamente subjetivas.

En resumen, hoy comentaré “Las cruces sobre el agua”, de Joaquín Gallegos Lara, y que sea lo que dios quiera.
Esta novela se ambienta en la ciudad de Guayaquil a principios del siglo XX. El protagonista es Alfredo Baldeón, el hijo de un humilde panadero, quien desde joven muestra un carácter rebelde. Seguimos su trayectoria desde que, con quince años, participó en la revolución conchista en Esmeraldas del lado de los sublevados, hasta que, en el año 1922, fue uno de los cabecillas de las huelgas de su ciudad natal. A través de él vamos conociendo a una serie de personajes que forman parte del crisol en el que sobrevivía la sociedad guayaquileña y ecuatoriana de su tiempo.
Sé perfectamente que con el resumen que acabo de presentar no es sencillo hacerse una idea acerca de la trama del libro, pero es que la misma narración se presta a engaños. Los primeros capítulos parecen los propios de una clásica novela de aprendizaje. Tenemos a un personaje al que conoceremos desde su infancia y al que veremos madurar paso a paso. Pero luego, inesperadamente, se nos presenta otro personaje, Alfonso, un amigo de Alfredo, quien, durante un buen puñado de escenas, asume el protagonismo de la obra. Vemos la difícil situación de su familia, la rama pobre de una rica familia costera. Vemos su lucha por progresar y también somos testigos de sus amores. Y, de repente, se esconde en el segundo plano. El protagonismo lo retoma Baldeón pero ya no únicamente. La novela se transforma en una obra coral de la que salen personajes hasta de debajo de las piedras. Muchos de ellos tiene una aparición esporádica, apenas muestran rasgos de personalidad con los que podamos identificarlos e, incluso, en ocasiones hasta comparten nombres. Finalmente este batiburrillo se va ordenando y enfocando un poco en los últimos capítulos, con la trama revolucionaria.
Ignoro si se trata de una apreciación personal o bien Nelson Estupiñán Bass lo hizo premeditadamente, pero me doy cuenta de que la estructura de “Cuando los guayacanes florecían” es justo la opuesta de “Las cruces sobre el agua”. Si en aquella comenzábamos en medio de una revolución, luego se convertía en una obra coral y finalmente se centraba en las vicisitudes de un protagonista, en la novela de Joaquín Gallegos Lara en orden de estas partes es el inverso.
Seguramente la idea que parece que intento transmitir es que “Las cruces sobre el agua” me resulta una novela fallida, y esto es cierto relativamente. En efecto el ritmo y el desarrollo de la trama me parecen torpes, innecesariamente frustrante. Considero que la pretensión de Gallegos Lara era pintar un fresco de las gentes de Guayaquil y de cómo se vieron empujadas a pararse y gritar hasta aquí hemos llegado. Pero la multitud de nombres sin rostro no ayuda a que el lector comprenda la magnitud del suceso. Es contraproducente. La tragedia se vuelve farsa porque no llegamos a sentir cariño por ninguno de los personajes.
Por otro lado “Las cruces sobre el agua” me parece una obra digna de figurar entre los clásicos de la literatura ecuatoriana por una razón que ya mencioné al hablar de “Los guandos”. Joaquín Gallegos Lara maneja una prosa brillante. Las descripciones son más sensoriales que gráficas y la reproducción de las maneras de hablar de cada uno de los personajes, muy acertada. Con todo ello lo que quiero decir es que si la desgracia no se hubiera abatido sobre él demasiado pronto nos podríamos encontrar ante uno de los mejores autores latinoamericanos del siglo XX. Al igual que pasa con Gabriel García Márquez me da la impresión de que la literatura corría por las venas de Gallegos Lara, que no le suponía ningún esfuerzo escribir. Y si esta es su novela más conocida (también porque fue la única que pudo concluir) es porque, lamentablemente, nunca llegaremos a conocer sus obras de madurez.

Puntuación: 80/100
 
Posdata. En dos semanas le tocará el turno a Jorge Velasco Mackenzie con “El rincón de los justos”.





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sábado, 8 de mayo de 2010

DON GOYO - Demetrio Aguilera Malta

Título: Don Goyo

Autor: Raúl Demetrio Aguilera Malta (Guayaquil, Guayas, 1909; México D.F., México, 1981)

Año de publicación: 1933

Edición: Libresa, colección Antares, 2005

Páginas: 289; Estudio introductorio + Algunos juicios críticos + Cronología + Bibliografía recomendada + Temas para trabajo de los estudiantes + 3 partes

Su novela Don Goyo constituye la más pura exaltación de la vida del trópico marino, en donde el hombre se integra a la naturaleza, a la manera del árbol del mangle que se aferra con sus raíces a la tierra y moja sus renuevos en el mar. Las descripciones de esta novela y de La isla virgen del mismo autor se cuentan entre las mejores páginas que se han escrito sobre el paisaje costanero del Ecuador.
Jorge Carrera Andrade


La novela de la que hablaré en el día de hoy es “Don Goyo”, de Demetrio Aguilera Malta.
Como pueden ver más arriba esta edición sí presenta un breve texto en la contraportada, pero apenas sirve para hacernos una idea del tema de la obra. Resumiré entonces un poco la trama.
En la desembocadura del río Guayas hay un grupo de islas e islotes habitado por una comunidad de cholos. Estos montuvios se dedican a cortar leña de los manglares para venderla en la capital. Desde tiempos inmemoriales esta comunidad está dirigida por un personaje enigmático, don Goyo, el primer habitante de estas tierras, de quien se dice que tiene un pacto con el diablo.
Este libro cuenta muy poco más, de manera que no me voy a extender más con el resumen. Gran parte del mismo está dedicado a describir tanto a los hombres que viven en estas tierras y sus formas de vida como al hábitat en sí. Pero esta novela tiene algo especial, algo mágico. Tiene a don Goyo.
Según me fui adentrando en la lectura de esta novela no pude hacer otra cosa que comparar al personaje de don Goyo con otro personaje ilustre, el inmenso José Arcadio Buendía de “Cien años de soledad”. Ambos tienen esa condición de patriarcas bíblicos, de fundadores de una dinastía, de hombres poderosos que creen en una serie de valores: en la justicia, en el trabajo, en la tierra y en la magia. Ambos son escuchados y respetados por sus gentes como líderes del clan. Ambos son tomados por locos y desechados por sus vecinos cuando sus palabras no son convenientes para la mayoría. Hasta el final de los dos personajes tiene semejanzas. No quiero decir con esto que necesariamente Gabriel García Márquez se inspirara en el personaje de Aguilera Malta para construir el suyo. Creo más bien que los dos autores tomaron como modelo un personaje de rasgos comunes entre los montuvios del Pacífico y los del Caribe.
En cualquier caso, Demetrio Aguilera Malta prefigura de alguna manera lo que más tarde será conocido como el “realismo mágico”. En “Don Goyo” nos encontramos ante una sucesión de cuadros costumbristas aderezados por sucesos extraordinarios. No sólo eso. También plantea una defensa del ecologismo en una época tan temprana como son los años treinta del siglo XX. Don Goyo quiere salvar sus bosques de mangles de la voracidad del hombre blanco.
En estas páginas encontraremos retazos de denuncia social, pero el autor rehúye profundizar en este tema. En “Don Goyo” se habla de concertajes, de ricos advenedizos, de comerciantes aprovechados, pero nada de eso priva a los cholos de su pequeño edén, donde conviven en armonía con los manglares. No por lo menos en el tiempo que transcurre dentro de la novela, aunque ya se dan avisos de que el desastre está en camino. Después de haber leído obras como “Cuando los guayacanes florecían” o “Juyungo” esperaba que en cualquier momento algún terrateniente avaricioso desposeyera a los personajes de sus tierras, acabando con su forma de vida.
Tengo que destacar un detalle de esta novela que, para mí, le hace perder puntos. A pesar de que es una obra realmente corta considero que le sobran capítulos. Me refiero a los capítulos dedicados a Cusumbo, que llegan a ocupar un tercio de la obra. Esta historia no lleva a ninguna parte y engaña al lector sin necesidad. Cusumbo era un concierto que se emancipa de su patrón a las bravas, se hace pescador y recala en este archipiélago para acabar haciéndose manglero. En el transcurso de esta narración hace esporádicas apariciones el propio don Goyo, pero no deja de ser una sombra que recorre los esteros velando por su pueblo. Tomando lo leído en esta primera parte pensé que el protagonista real de la novela era Cusumbo y que don Goyo no era otra cosa que un arquetipo (salvando las distancias, algo así como el personaje que interpreta Orson Welles en “El tercer hombre”). Pero no. Empieza la segunda parte y el protagonismo completo recae sobre don Goyo y ya no lo suelta. Puedo entender que el autor hizo esto para introducir al lector en su mundo, de la misma forma que Cusumbo se integra en la comunidad siendo foráneo a ella. Puedo entender que Aguilera Malta quisiera incorporar a su novela escenas propias de la vida en el trópico, pero para mí no funciona. Yo entiendo la novela como una precisa pieza de relojería, donde cada engranaje, cada una de sus sub-tramas, asiste y acompaña a la historia principal (esto lo vimos ya con “El éxodo de Yangana”; en su primera parte aparecían multitud de personajes con su pequeña historia correspondiente, y de la mayor parte de ellos no se volvía a Hablar; sin embargo en la obra de Ángel F. Rojas había un objetivo definido para ello: hacer que el lector fuera uno más de los habitantes del pueblo). Hay autores que consideran la novela como un saco donde cabe todo (el ejemplo más manido es el de Pío Baroja). Bien, no voy a despreciar estas obras pues las novelas psicológicas/de aprendizaje que narran la trayectoria vital de un personaje están construidas de esta forma. La historia principal es tan amplia y tan sólida que pueden permitirse añadir brochazos independientes a ella. Pero para “Don Goyo” esto no sirve. La novela es demasiado corta y se dedican demasiadas páginas a Cusumbo. Aquí esa historia parece de relleno.
No me alargaré más, que ya me estoy excediendo. La novela es extraordinaria y lo sería más si se aventase la paja, dejando sólo el grano de las dos últimas partes.

Puntuación: 84/100
 
Posdata. En la próxima ocasión hablaré de otra de las novelas imprescindibles de la literatura ecuatoriana: “Las cruces sobre el agua”, de Joaquín Gallegos Lara.

sábado, 24 de abril de 2010

ECUADOR. RAÍCES Y ESPERANZAS - Joaquín Martínez Amador



Título: Ecuador. Raíces y esperanzas

Autor: Joaquín Martínez Amador (Guayaquil, Guayas, 1942)

Año de publicación: 1995

Edición: Autoedición

Páginas: 310; prólogo + 7 partes + epílogo + bibliografía

Un libro sobre el Ecuador, su historia, su geografía, sus cifras, sus grandes hombres, su cultura, sus retos y dilemas; una visión del Ecuador para los de aquí y para los de fuera.
Además de "Ecuador. Raíces y Esperanzas", Joaquín Martínez Amador ha escrito un libro de ensayos: "Cartas a un Amigo Lejano" y un libro de poesía: "Cosas de la Vida".

Hoy comenzaré este artículo justificándome. Justificándome por dos motivos, por la nota que le he puesto a este libro (una nota superior a auténticos clásicos como “Juyungo”) y por el mero hecho de que una obra como esta aparezca en este blog.
Acerca del primer punto repetiré lo que ya he dicho alguna vez. Las puntuaciones que otorgo no las baso tanto en la calidad total de la novela en sí sino, sobre todo, de las expectativas previas que yo tuviera depositadas en ella. Un libro que me defrauda tendrá menos puntuación que otro que me sorprende gratamente aún cuando la calidad del primero sea superior.
Ahora me referiré a la presencia de “Ecuador. Raíces y Esperanzas” en una página web dedicada a la literatura ecuatoriana (precisaré que, en realidad, está dedicada a la narrativa ecuatoriana, pues no me siento capacitado para comentar poesía; yo mismo soy narrador, no poeta). El caso es que me ha costado decidirme a escribir este artículo. Esto no se puede considerar narrativa. Se trata en realidad de un ensayo sin pretensiones literarias. De acuerdo que ya he hablado sobre obras que se catalogarían antes como libros de historia que como novelas o cuentos. Tal es el caso de “El camino del sol”, pero Jorge Carrera Andrade tiene en su haber una sólida trayectoria literaria, enfocada en el campo de la lírica. Por otro lado Joaquín Martínez Amador ha publicado también algún poemario, lo que puede clasificarlo como literato ecuatoriano. Ok, pero este ensayo no ha sido avalado por ninguna editorial de prestigio, sino que ha sido auto-editado por el mismo autor bajo el auspicio de empresas ajenas al ámbito literario. Claro, que tampoco sería el primer caso. “Estampas de mi ciudad, de Alfonso García Muñoz, fue publicada por una imprenta de la propiedad del mismo autor…
Siento perder tanto espacio transcribiendo mi debate interno para tomar esta decisión, pero es que, por motivos distintos, he descartado otra obra que, no obstante, comentaré próximamente en el blog hermano de este.
Retomo la crítica. Evaluando todos los pros y los contras me decidí a leerlo. Y no me arrepiento pues ha sido un descubrimiento fenomenal.
Como ya he repetido en multitud de ocasiones la razón principal por la que me animé a abrir este blog fue para dar a conocer al mundo la literatura del Ecuador, literatura que habitualmente (e inmerecidamente, como pretendo demostrar) ha quedado apartada de la historia de las letras españolas. Pero no es esa la única razón, hay otra más personal pero no menos importante. También me sirve para conocer la República del Ecuador. Recuerden que yo no soy ecuatoriano y sólo he visitado este país en un par de ocasiones, mirándolo siempre con ojos extranjeros. Pero estos dos viajes has sido suficientes para enamorarme del país y sentir un ansia enorme por conocer mejor su espíritu y sus circunstancias. Pues bien, este libro es el que más me ha acercado a este objetivo. Me ha hecho entender cosas que antes no comprendía.
Este libro está dividido en una serie de partes muy diferenciadas. Una dedicada a la geografía, otra a la historia, a la sociología, a la economía, a la política, etc. Sin embargo el autor no se ha conformado con presentar cifras. Hace reflexiones muy agudas y acertadas que cargan de sentido los datos que expone. Pondré un ejemplo que me llamó mucho la atención y me hizo dar cuenta que me encontraba frente a un libro distinto. Martínez Amador señala que el Ecuador es el único país en el que se cruza el paralelo del ecuador con la cordillera andina. Esto no es nuevo, ya lo había leído varias veces en otros sitios, pero el autor no se queda ahí, pues continúa observando que, precisamente por darse este caso, el Ecuador es el único país del mundo que tiene un clima templado a pesar de encontrarse bajo latitud 0º. Parecerá una tontería, pero nunca me había dado cuenta.
Otro detalle que no puedo hacer otra cosa que valorar es que se expone las duras condiciones de vida de una parte muy importante de los ecuatorianos (de forma muy explícita, sin concesiones) pero jamás se rinde al fatalismo. Señala todo lo que es necesario cambiar para que su sociedad sea más justa, propone soluciones y se muestra esperanzado por el futuro. Esto no lo había visto antes en un autor ecuatoriano (ni español tampoco; aunque suene a tópico sospecho que el fatalismo hispano es uno de los rasgos que dejaron nuestros antepasados en la herencia cultural de las antiguas colonias).
Por supuesto el libro no es perfecto. La mayor deficiencia que se le puede achacar (de la que no es culpable Joaquín Martínez Amador) es que está desfasado. Al haber sido publicado a mediados de los noventa apenas dedica un párrafo a la emigración a otros países, fenómeno que recién entonces estaba comenzando y que ha transformado radicalmente la anatomía del país.
Otra cosa que chirría se da en los últimos capítulos. En ellos Martínez Amador toma el papel de salvador de la patria e inserta en el texto una serie de instrucciones concretas para rescatar a su país del subdesarrollo. El problema es que, además de poeta, el autor es empresario y estas soluciones que propone se amparan en el capitalismo, sistema que, como hemos visto en estos últimos años, no es, ni de lejos, tan solvente como se podría esperar.
En resumen, si lo que quieren es hacerse una idea de qué es el Ecuador, este libro es el mejor referente que he localizado.

Puntuación: 91/100

Posdata. Próximamente "Don Goyo", de Demetrio Aguilera Malta

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sábado, 10 de abril de 2010

CUANDO LOS GUAYACANES FLORECÍAN - Nelson Estupiñán Bass

Título: Cuando los guayacanes florecían

Autor: Nelson Estupiñán Bass (Súa, Esmeraldas, 1912; Pensilvania, USA, 2002)

Año de publicación: 1954

Edición: Libresa, colección Antares, segunda edición, febrero 2008

Páginas: 295; Estudio introductorio + Algunos juicios críticos + Cronología + Bibliografía recomendada + Temas para trabajo de los estudiantes + 15 capítulos

Esta novela recrea, con maestría, un episodio de la historia ecuatoriana: Eloy Alfaro, el líder de la revolución liberal, es asesinado por una turba ebria y fanática. En respuesta, uno de sus militares leales, el coronel Carlos Concha, promovió un levantamiento armado en la provincia de Esmeraldas. Peones pobres de las haciendas esmeraldeñas formaron el batallón revolucionario que enfrentó al bien armado ejército gobiernista; el coraje y el valor de los sublevados no fueron suficientes para evitar la derrota. Entonces, fortalecida por la victoria, la clase dominante esmeraldeña, los “gusanos”, incrementa los ya ancestrales atropellos contra la clase oprimida: peones, conciertos, negros, tagüeros, maestros: todo vuelve como al principio.
Cuando los guayacanes florecían es una de las mejores novelas ecuatorianas de todos los tiempos, no solo por abordar una gesta social importante del Ecuador de principios del siglo XX, sino porque incorpora la vida social y cultural del pueblo afro a la literatura, y porque deja un mensaje esperanzador: en medio del eterno retorno de la injusticia, los guayacanes, símbolo de la esperanza popular, florecen una y otra vez.

La novela de la que hablaré en el día de hoy es “Cuando los guayacanes florecían”, de Nelson Estupiñán Bass. La elección de este libro ahora no es azarosa pues considero que guarda relación con el que comenté hace hoy dos semanas, “Juyungo”. Guarda relación porque ambos denuncian los abusos que sufren los negros en la provincia ecuatoriana de Esmeraldas así como la inmensa corrupción de los poderosos (“Cuando los guayacanes florecían” profundiza aún más en este tema a lo largo de los capítulos finales). Aunque la obra de Adalberto Ortiz se publicó con anterioridad a la de Estupiñán Bass, los hechos que narra son posteriores.
“Cuando los guayacanes florecían” nos habla de la revuelta conchista de principios del siglo XX, un suceso que tiene una cuestionable trascendencia histórica pero que ha sido muy utilizado por los novelistas esmeraldeños, aún cuando fuera sólo como telón de fondo. Tras el asesinato y posterior arrastre por las calles de Quito del cadáver de Eloy Alfaro uno de sus afines, el coronel Carlos Concha Torres, levantó en armas la provincia de Esmeraldas. Batallones de negros pobres armados con machetes se enfrentaron durante un par de años a las tropas regulares enviadas por el gobierno para sofocar la revolución. Luchaban por la libertad de los esclavos (aunque el concertaje ya había sido abolido se seguía practicando en las grandes haciendas de todo el país) y por la mejora de la calidad de vida de los desheredados.
Los primeros capítulos de esta novela engañan hábilmente al lector. Idealizan a los sublevados conchistas, que reclutan a sus soldados con discursos y no a la fuerza, que liberan conciertos y afirman luchar por un futuro mejor para sus hijos. Las tropas gobiernistas, por su parte, son retratadas como una panda de bandidos sanguinarios que saquean las ciudades que toman y que roban, violan y torturan a civiles inocentes. Cuando ya creemos que el autor va a ponerse completamente del lado de los soldados de Concha, la revolución se va pervirtiendo. Los oficiales cometen las mismas tropelías que sus homónimos rivales y no dudan en convertir a los alzados en cuatreros para asegurarse una fortuna cuando todo acabe.
Desde el principio de la novela Nelson Estupiñán juega al despiste. Comienza reproduciendo la proclama del coronel Concha, justificando su levantamiento, para, acto seguido, insertar un texto del historiador Óscar Efrén Reyes donde culpa en parte a dicha revuelta del atraso de la provincia.
Un personaje que representa claramente la ambivalencia a la que juega el autor es el de don Rodrigo Medrano de Pereira y Quezada, un criollo que llega a Esmeraldas en mitad de la guerra para hacer fortuna. Aparece ya hacia la mitad del libro y el autor hace un retrato amable de él:
Era muy amante de la libertad y partidario de la pureza del sufragio, sin intervención del Gobierno. Saludaba y sonreía con el mismo afecto a grandes y pequeños, a blancos y negros.
¿A que cae bien? ¿Verdad que no parece una descripción irónica? Pues después de generar estas expectativas el personaje termina siendo el mayor hijo de puta de todos los que se apelotonan en este libro. Y son unos cuantos.
Una vez que fracasa la revolución es cuando la novela se muestra más encarnizadamente cruda. El mundo que queda después es, incluso, peor que el que había antes. Los conciertos libertados tiene que volver a sus dueños y los pobres son estafados y encerrados en presidio por las mismas autoridades. Son tantas y tan dolientes las arbitrariedades que quedan registradas en estos capítulos que consiguen despertar la indignación del lector. Quiero creer que son exageraciones y no experiencias observadas por el lector en su niñez, pero me temo lo peor.
“Cuando los guayacanes florecían” funciona muy bien como novela de denuncia, mas como obra literaria también resulta ejemplar. La construcción es muy correcta, intercalando capítulos que, a modo de mosaico, van relatando los hechos desde diferentes perspectivas. Las descripciones, a su vez, son muy sutiles. A pesar de la tentación que siempre supone la selva para un prosista, el autor da preferencia a la acción y a los diálogos (estos últimos especialmente cuidados).
Si tuviera que señalar algún aspecto mejorable de la obra sería que, siendo una novela coral, hay pocos personajes que destaquen. Aunque cada uno tenga un pasado propio (que a menudo es relatado), la mayor parte de ellos son indistinguibles unos de otros. También entiendo que esto es consecuente, pues el autor lo que pretende es mostrar la opresión de todo un segmento de la sociedad.
En definitiva, una gran novela y un necesario retrato de la corrupción en el país.

Puntuación: 93/100

Posdata. De aquí a dos sábados haré un pequeño cambio de registro. Hablaré de "Ecuador. Raíces y esperanzas", de Joaquín Martínez Amador.


sábado, 27 de marzo de 2010

JUYUNGO - Adalberto Ortiz


Título: Juyungo. Historia de un negro, una isla y otros negros

Autor: Adalberto Ortiz Quiñonez (Esmeraldas, Esmeraldas, 1914; Guayaquil, Guayas, 2003)

Año de publicación: 1943

Edición: Biblioteca Básica Salvat, 1982

Páginas: 229, prólogo + 16 capítulos + vocabulario de provincialismos

No tiene texto en contraportada.

Adalberto Ortiz es el segundo autor que, hasta la fecha, repite en este blog. Y lo hace con “Juyungo”, su primera novela y la más conocida de su bibliografía. Como ya dije en el artículo de “El espejo y la ventana”, la novela presente ya me la había leído tiempo atrás y el sabor de boca que me dejó no fue especialmente grato. Pero sabía que me la tenía que leer en condiciones más apropiadas y esto es lo que acabo de hacer. ¿He cambiado mi opinión respecto a mi primera lectura?

Paso a paso. Primero haré el resumen, que esta edición carece de texto en la contraportada.
Ascensión Lastre es un niño negro que vive en la provincia de Esmeraldas. Su padre está aquejado de una dolencia en las piernas que le impide trabajar y su madrastra no oculta el desprecio que siente por el niño. Ascensión abandona a su familia para ser acogido en una tribu de indios cayapas. Estos indios suelen despreciar a los negros, a los que denominan “juyungos” (creo que significa algo así como “diablos”), pero aceptan al pequeño y, hasta su madurez, lo tratan como a uno de ellos. Después de salir de la tribu Lastre acaba instalándose en Santo Domingo de los Colorados, en un campamento de peones que están construyendo una carretera. Conoce allí a la que será su esposa, una mujer blanca, además de al que será su gran enemigo, el negro Cocambo. Más tarde regresará a Esmeraldas, a una hacienda agrícola situada en una isla fluvial. Allí vivirá en compañía de un grupo de compañeros con los que se amistó en el campamento.
Aunque pueda parecer lo contrario no es nada sencillo redactar un resumen de esta obra. En este libro no encontraremos una trama claramente identificada que nos acompañe. Sólo nos habla de la vida de Ascensión Lastre, conocido como Juyungo, desde su infancia hasta su alistamiento en el ejército regular para luchar en la guerra ecuato-peruana de 1941. Aunque al principio Lastre es el protagonista absoluto de la novela, en capítulos posteriores se irá desdibujando, cediendo el primer plano a los demás personajes (para retornar con inusitada fuerza llegando al final). Vemos, por ejemplo, que la historia de amor entre Juyungo y su esposa (de la que ni siquiera recuerdo el nombre) jamás tiene una importancia equiparable a la del estudiante Angulo con Eva.
Retomando lo que iba diciendo al principio del artículo, la segunda lectura de “Juyungo” le ha sentado muy bien. Principalmente porque ahora sí la he leído bien, en condiciones. Como otros libros en los que el autor deliberadamente emplea giros y expresiones muy locales, esta edición dispone de un glosario al final para consultar los términos más oscuros. Esto puede llegar a ser contraproducente porque si el mismo libro no ofrece este diccionario el lector se ve obligado a seguir leyendo sin ayuda, sacando el sentido de las palabras desconocidas del contexto (o ignorándolo, que no siempre es imprescindible entenderlo todo). Sin embargo el mero hecho de disponer de esta herramienta hace que ante la más mínima duda interrumpamos la lectura para buscar el significado exacto. Esto es lo que ha cambiado en esta segunda relectura. He preferido respetar el magnífico ritmo impuesto por Adalberto Ortiz antes de confirmar si los chontaduros son frutas o no.
A diferencia de lo que pude comentar en “El espejo y la ventana”, el conflicto racial es muy importante en el desarrollo de “Juyungo”. Mas Ortiz también sabe jugar con este tema. Por supuesto denuncia la discriminación que sufren los negros desposeídos por una parte de la población, pero no dedica mucho espacio a mostrarla. Se centra en el caso inverso, en el odio que siente Lastre al principio por toda la raza blanca y en cómo este odio se va transformando paulatinamente en conciencia de clase.
Esta novela es profundamente humana. Lo que prima por encima de todo es la relación que mantienen los personajes entre ellos. La vida idílica que disfrutan los protagonistas en esa isla de negros sin dueños (trasunto de la edad dorada, del paraíso africano previo a la esclavitud), la solidaridad que comparten, donde todos cuidan de todos y no tienen que dar cuentas a ningún extraño, es lo que considero el eje de la novela. Es cuando la avaricia y la crueldad del hombre blanco (representada en un hombre especialmente blanco, el alemán Hans) expulsa a Juyungo de su edén cuando se desencadena el desastre.
Finalmente diré que en el estilo se aprecia siempre la elegancia de Adalberto Ortiz (cuando se detiene a describir entornos naturales es glorioso), aunque el desarrollo de los personajes no llega a la introspección psicológica de la que hará gala en “El espejo y la ventana”.

Puntuación: 88/100
 
Posdata. La próxima novela que comentaré se ha elegido sola, ya que de alguna manera respalda temáticamente lo que se cuenta en esta. Será “Cuando los guayacanes florecían”, de Nelson Estupiñán Bass.

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sábado, 13 de marzo de 2010

SANCHO PANZA EN AMÉRICA - Alfonso Barrera Valverde

Título: Sancho Panza en América o la eternidad despedazada


Autor: Alfonso Barrera Valverde (Ambato, Tungurahua, 1929)

Año de publicación: 2005

Edición: Alfaguara, primera edición, octubre 2005

Páginas: 222, 31 capítulos + epílogo

A la muerte de Don Quijote, Sancho se ha quedado sin caballero y sin escudo. Emprende, entonces, un viaje de soledad al Nuevo Mundo y llega, en el año 2005, a la Ciudad de las Colinas y de los Valles.
Sancho deambula por las calles de San Roque; conversa con la gente; conoce al duende triste; dialoga con el poeta del siglo XX. Pero Sancho no logra descubrir por qué en este país nadie es inmortal, por qué aquí los locos no son tan locos y por qué los cuerdos toman a los ingenuos por locos.
A esta novela, narrada con la maestría de Alfonso Barrera Valverde, se la puede anunciar como una propuesta “disparatada, alucinante”, porque se arriesga a dar una nueva vida y otro tiempo a uno de los personajes más célebres de la literatura universal, o se la puede convertir en un escudo y, ahora, el lector ser el Quijote que acompaña a Sancho a seguir “deshaciendo entuertos”.

Hoy toca hablar de “Sancho Panza en América o la eternidad despedazada” (a partir de ahora sólo “Sancho Panza en América”; el segundo título me resulta odioso), de Alfonso Barrera Valverde.
En esta novela nos encontramos con la situación de que, una vez fallecido don Quijote, Cervantes muere sin volver a acordarse de Sancho Panza. Éste, que se encuentra en un limbo literario, es invitado a conocer Quito, pero no su Quito contemporáneo sino el de ahora, el del año 2005. Sancho Panza se hospeda en una casa del barrio de San Roque y asiste a las tertulias que comparten sus vecinos los viernes por la tarde.
Este libro lo componen 222 páginas impresas en fuente gorda y salpicadas por numerosas ilustraciones (unas ilustraciones muy apropiadas, firmadas por Oswaldo Viteri). Con ello quiero decir que “Sancho Panza en América” se puede leer fácilmente en una tarde… con mucha voluntad. Personalmente me ha llevado casi tres semanas concluirlo.
Esta novela me ha resultado pesada por diferentes razones. Primero por el lenguaje, el cual es a la vez sencillo y artificioso (resultaría sencillo en el siglo XVII pero ahora hace que ardan los párpados). Es evidente que en la escritura de este libro Barrera Valverde tuvo muy presente el Quijote y quiso imitar el estilo. El esfuerzo se reconoce pero se da la paradoja de que una novela publicada en 1605 se pueda leer en el siglo XXI saboreando cada una de sus palabras mientras que esta otra, publicada cuatrocientos años más tarde, deja un regusto en el paladar a rancio. A viejuno.
Escribir como Cervantes es una de las mayores tentaciones que puede sufrir y que sufrirá, tarde o temprano, un prosista. Pondré un ejemplo hablando de mí (cosa que hago a menudo, por otra parte). Mi primera lectura completa de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” alteró mis letras durante un tiempo. Por aquel entonces yo estaba escribiendo una novela y, de manera un tanto forzosa, me vi en la necesidad de insertar un capítulo en el que imitaba a don Miguel. El resultado fue, por supuesto, un despropósito. Afortunadamente poco después las aguas volvieron a su cauce y no intenté nuevos experimentos. Pero esto que me ocurrió ha ocurrido a muchos otros. Pocos son los novelistas que tienen éxito tomando el estilo de Cervantes (ahora sí, los que lo consiguen se convierten en autores imprescindibles; en España tenemos como ejemplos a Luis Landero y, en menor medida, a Antonio Muñoz Molina). Lo normal es que suceda lo que le ha sucedido a Alfonso Barrera en esta obra. Es muy dificultoso concentrarse en su lectura. Lo pensamientos huyen hacia otras latitudes, lejos de este tostón.
Habla de las razones por las cuales “Sancho Panza en América” me ha resultado tan espeso. Además del lenguaje me pesa el ritmo. Comienza muy tarde (de hecho no acabo de estar seguro de que comience en algún momento). Algunos capítulos son auto-conclusivos y otros están agrupados temáticamente. Lo que sí es igual siempre es la completa ausencia de acción. En toda la novela no ocurre nada. Aprovecho para enlazar con la siguiente de las razones, la más grave de todas: la trama.
Aquí no se cuenta ninguna historia. Sancho Panza aparece en Quito sin más ni más. En las tertulias a las que le invitan parece transparente (y mudo, lo cual es más incomprensible en este personaje). Sus anfitriones se dedican a comentar la figura de Eugenio Espejo además de otras anécdotas que igualmente se hubieran contado si no estuviera Sancho. ¿Para qué traerlo entonces? Luego se dedican a diseccionar algunas de las características de don Quijote pero no le piden al escudero que narre su versión de las aventuras que vivieron juntos (lo que podría resultar muy interesante). En lugar de eso ¡se las cuentan a él!
Sancho Panza es probablemente el mejor personaje secundario de la literatura mundial y también funciona muy bien como protagonista (véanse los capítulos del Quijote en el que gobierna la ínsula Barataria), pero emplearlo como mero espectador o comparsa es un enorme desperdicio.
La novela, en cuanto a la temática, es terriblemente dispersa. En un capítulo determinado, porque él lo vale, el autor se dedica a reflexionar sobre el fenómeno migratorio que se ha dado en el Ecuador. Y, por supuesto, también repite la archiconocida y un millón de veces contada leyenda del padre Almeida. He echado en falta un capítulo en el que se explique, paso por paso, cómo preparar la fanesca. Ya puestos, ¿qué más da? Aquí cabe todo.
A pesar de todo lo que he criticado, de lo denso que es el libro y de lo que me ha costado acabarlo, este no es uno de los casos típicos de “No me ha gustado el libro. No voy a leer nunca nada más de este autor”. Sí estoy dispuesto a leer alguna otra novela de Barrera Valverde. Le daré otra oportunidad al menos (algún día) porque estoy muy seguro de que no es esta su forma de escribir. Desde el principio queda claro que toda la novela no es más que u juguete literario. Seguramente, amparado en toda la parafernalia del “Año del Quijote”, el autor ha jugado a reproducir sus conversaciones con sus amigotes utilizando un estilo cervantino y metiendo en medio al pobre Sancho Panza, que pasaba por ahí. Porque entiendo esto le doy mi voto de confianza y no entrego a Alfonso Barrera Valverde a las llamas. Sin embargo “Sancho Panza en América” no supera el donoso escrutinio. No le puedo puntuar con más de un:

Puntuación: 47/100

Posdata. El próximo artículo será sobre un autor ya conocido por estos lares: Adalberto Ortiz con su “Juyungo”.





sábado, 27 de febrero de 2010

DE QUE NADA SE SABE - Alfredo Noriega


Título: De que nada se sabe

Autor: Alfredo Noriega (Quito, Pichincha, 1962)

Año de publicación: 2002

Edición: Alfaguara, serie Roja, 2ª reimpresión

Páginas: 179, prólogo + preámbulo + 4 días + estudio de la obra

Múltiples personajes cargados con el peso de su propia cotidianidad confluyen sobre la mesa de una morgue, sitio en el que Arturo Fernández intenta reconstruir, ente partes policiales y meticulosos análisis de órganos, la ficción de vidas que jamás podrá tocar.
Una novela en la que resulta imposible eludir el agobio de la incertidumbre. Una obra en la que el lector transita por puentes trazados entre historias de aparente inconexión.
Alfredo Noriega, voz relevante de la literatura ecuatoriana contemporánea, nos ofrece una novela en la que recrea, con sútil maestría, las eternas contradicciones de la vida y la muerte, de la carne y el alma.

"De que nada se sabe", de Alfredo Noriega, nos coloca en el interior de la ciudad de Quito en el día de hoy. A través de los ojos de un forense vamos conociendo una historia de crímenes pasionales cruzados entre sí. Y la conoceremos gracias a quienes mejor nos la pueden contar: los muertos. En esta ciudad que cada mañana amanece bañada en sangre hay también un resquicio para el amor y para la compasión. Una mujer madura que se enamora de forma absurda de su casi desconocido bibliotecario. Un taxista que se desvive para ayudar y consolar a una pasajera a la que le han atropellado el hijo. Una pareja que consuma un amor a contracorriente y que paga por ello. Y un forense que se preocupa por las historias reales de sus muertos, más allá de lo que figura en la ficha policial.
Esta novela está construida de forma deliberada como un puzzle. Noriega mantiene una cierta continuidad temporal, pero da pequeños saltos sobre ella. A lo mejor no nos cuenta lo que le acontece a un personaje en el momento en que le corresponde sino un día después, cuando dicho personaje lo rememora. Esta me parece una manera inteligente de dar mayor complejidad a la trama sin hacer que el lector se pierda en rincones ciegos.
Por otro lado los personajes resultan complejos e interesantes, una buena muestra de los que da de sí el Ecuador del siglo XXI. Tanto los vivos como los muertos tienen algo nuevo que decir. Me gusta especialmente Hortensia Armendáriz, a la que el autor da un trato de preferencia pues, cuando no es ella misma la que habla, su hijo recupera sentencias que ella dice o que podría haber dicho. También se encuentra entre mis favoritos el taxista Campos, estereotipo de hombre honrado y de víctima propicia de las circunstancias.
Así pues, de esta novela me gusta la construcción, me gustan los personajes y me gusta la ambientación (aunque aún no lo he comentado el retrato que hace esta novela de Quito es uno de los más reconocibles que he tenido la oportunidad de leer). Y, sin embargo, si miran la nota que le he cascado a "De que nada se sabe" verán que es la más baja de los últimos meses.
¿Por qué?
Me toca ahora justificarme.
Esta es una novela que cuenta con las herramientas necesarias para ser una obra memorable. Ya he hablado del estilo y de los personajes. Pero me resulta fallida en lo más obvio. Me atrevería a decir que en lo más sencillo. La historia. Y eso es algo que me descoloca. Son cientos de miles las novelas que he leído que parten de una buena premisa, de una idea brillante, pero luego, por falta de pericia del autor y por no saber cómo jugar sus cartas, quedan reducidas a un quiero-y-no-puedo, a un mero entretenimiento cuando no, directamente, a literatura-basura. Pues esta novela de la que hoy estoy hablando es uno de los escasos ejemplos que he podido encontrar de la situación opuesta. Realmente la historia que nos presenta no vale nada, ni siquiera como telón de fondo para hablarnos de los personajes. Da la impresión de que el autor ha tomado una guía turística de la capital de Ecuador, un par de ejemplares del diario Extra (para los lectores no ecuatorianos este es un periódico muy amarillista que dedica sus páginas a relatar, con todo lujo de detalles, los crímenes más truculentos que suceden en el país y que presenta unas portadas muy gráficas a juego con su temática).
Aprovecho ahora para matizar mis palabras del resumen. Más arriba dije: "En esta ciudad que cada mañana amanece bañada en sangre..." Quiero que quede claro que no es esa una impresión que yo haya recibido al conocer la ciudad. Esta es la imagen que proyecta Noriega en estas páginas. En el Quito de "De que nada se sabe" la vida humana se vende muy barata. Es esta una tierra sin ley donde el hombre más honrado está condenado a muerte. Y el hombre más corrupto también. Y también los de enmedio, por supuesto. Es una novela muy pesimista que juzga y condena sin remedio a la sociedad que intenta representar.
Otro punto negativo que puedo señalar es la fijación que tiene el autor por situar exactamente dónde ocurre en el espacio cada muerte, cada encuentro, incluso la ruta detallada de cada fuga. Ciertamente no toma como referencia la ciudad entera porque ya sería muy caótico. Las fronteras de la ciudad las coloca entre Villa Flora y el parque de La Carolina, pero continuamente van desfilando nombres de calles y barrios. Para los lectores que no sean quiteños les va a costar situarse. Yo tuve que tener siempre a mano un callejero actualizado de la ciudad para localizar cada evento. Es verdad que esto no es imprescindible, que podemos seguir la historia sin saber que el Batán Alto se encuentra a escasas cuadras del colegio Benalcázar, pero, siendo así, sería de agradecer que Alfredo Noriega hubiera sido más genérico en sus descripciones.
Que no se me entienda mal. Esta no es una obra lamentable y si alguien desea leerla no le voy a aconsejar lo contrario (cosa que sí haría con "Las pequeñas estaturas"; es que tengo fijación por ese libro), pero me da mucha rabia porque el autor muestra capacidades narrativas muy altas pero las desperdicia por una trama inane. Ojala en los sucesivo sepa escoger con mayor tino su punto de partida.

Puntuación: 66/100

Posdata. El día 13 de marzo publicaré el análisis de "Sancho Panza en América", de Alfonso Barrera Valverde.

sábado, 13 de febrero de 2010

SÉ QUE VIENEN A MATARME - Alicia Yánez Cossío


Título: Sé que vienen a matarme

Autor: Alicia Yánez Cossío (Quito, Pichincha, 1928)

Año de publicación: 2001

Edición: Paradiso Editores, novena edición, octubre 2008

Páginas: 298

Alicia Yánez Cossío (Quito, Ecuador, 1928), está considerada de manera unánime como la más importante novelista ecuatoriana de todos los tiempos. Es autora de diez novelas: “Bruma, soroche y los tíos”, (1971), “Yo vendo unos ojos negros” (1979) –recientemente llevada a la televisión-, “Más allá de las islas” (1980), “La cofradía del mullo de la Virgen Piponal” (1985), “La casa del sano placer” (1989), “Aprendiendo a morir” (1997), “Y amarle pude” (2000), “Sé que vienen a matarme” (2001) y “Concierto de sombras” (2004). En 1996 su novela “El Cristo Feo” fue galardonada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz.
SÉ QUE VIENEN A MATARME
Desmitificadora y polémica es una magistral recreación de uno de los períodos más turbulentos de la historia republicana, dominado por la figura del dictador Gabriel García Moreno. Oculta en la penumbra de las habitaciones del Palacio de Gobierno, la mirada implacable del tirano aterroriza a todo un pueblo, imponiendo su voluntad omnímada. Mujeres, soldados, sacerdotes y políticos son parte de una historia de crueldad, intolerancia y lujuria. El núcleo de “Sé que vienen a matarme” es un hecho histórico: el asesinato de uno de los presidentes más controvertidos del Ecuador del siglo XIX.

Dos son los mandatarios de los que han dirigido el Ecuador en su época republicana que más son recordados hoy día (pido perdón a la memoria de Velasco Ibarra y de León Roldós). Sus nombres los encontramos en calles y plazas, en escuelas, parques y pueblos. Ambos marcaron la sociedad de su tiempo hasta el punto de poder asegurar que hubo un antes y un después de la presidencia de cada uno de ellos. Ambos protagonizaron violentas revoluciones, ambos murieron asesinados en Quito. Ambos fueron enemigos irreconciliables. Eloy Alfaro, liberal, fue elegido en el año 2005 como el ecuatoriano más importante de la historia. Gabriel García Moreno, conservador y protagonista de la obra que estoy comentando, fue propuesto por sus seguidores para su beatificación.

Tenía muchas ganas de leerme este libro, tantas como curiosidad sentía por el personaje de García Moreno. Actualmente es fácil encontrar su nombre por toda la toponimia del país, pero su recuerdo parece haber sido tachado, cosa que no ocurre con Alfaro. Con “Sé que vienen a matarme”, de Alicia Yánez Cossío, esta curiosidad ha sido satisfecha.
Mi primera impresión fue que en este libro me encontraría con la novelización de los últimos años de vida del dictador, algo así como lo que en su día ya hizo Gabriel García Márquez (el Gabriel García que sí debería subir a los altares) en “El general en su laberinto” con la figura de Simón Bolívar. En realidad “Sé que viene a matarme” es una biografía de Gabriel García Moreno, desde la llegada de su padre a las colonias hasta las consecuencias de su asesinato. No es una biografía académica, no es la que aprobaría un historiador sino la que elaboraría un novelista. Esto es, sin dejar de ser rigurosa en los hechos que expone, la autora dedica más tiempo y más recursos a profundizar en la psicología del personaje así como en la de la nación que a presentarnos datos fríos acompañados de cifras. El problema de este planteamiento es que el lector puede llegar a sentirse perdido en la línea temporal. Dos acontecimientos alejados por muchos años nos pueden parecer contemporáneos y viceversa (y la verdad es que ayuda muy poco la cronología insertada al final de la obra por ser muy escasa y parca en detalles).
Por otro lado Yánez Cossío no es imparcial respecto al protagonista. En muchas ocasiones emite juicios de valor que no le dejan muy bien parado, aunque , a decir verdad, habitualmente mantiene las distancias.
Asumiendo que la figura del dictador no ha sido desvirtuada en exceso en esta obra voy a animarme a juzgarle yo también.
Sin ser psicólogo considero que la personalidad de García moreno encaja perfectamente con los rasgos propios de un psicópata. Fue un tipo que no empatizaba con nadie. No tenía ningún tipo de escrúpulo a la hora de pasar a alguien por las armas, aunque ese alguien le hubiera salvado la vida previamente. Sus actos fueron realmente bárbaros, aunque él mismo fuera una persona muy culta y civilizada. Los años de su gobierno fueron un auténtico reino del terror, donde la dictadura de las buenas costumbres se convirtió en una auténtica tiranía. Las cárceles del estado se llenaron de ciudadanos que habían cometido faltas muy menores a la moralidad impuesta por el presidente, pero por ello mismo, imperdonables para el tirano. Eso sí, a pesar de su sed de sangre, fue un hombre razonablemente íntegro. Con su escalada hacia el poder no pretendía satisfacer sus bajas pasiones buscando simplemente enriquecerse a costilla del erario público (como han hecho tantos y tantos y tantos y tantos y tantos…) García Moreno realmente se consideraba un mesías (con cruz y todo) que venía a salvar a su país de los malos gobiernos y de la anarquía en la que se encontraba sumido. Por su puño muchos inocentes sufrieron y fueron perseguidos, pero también muchos inocentes salvaron sus vidas (me refiero a su gestión cuando se produjo el terremoto en Imbabura). Escribió su nombre con sangre en la historia patria, lo cual no es tan terrible cuando tantos otros lo escribieron con mierda (parecida opinión defendía Juan Montalvo quien, aunque fue acérrimo enemigo del tirano hasta el punto de considerarse responsable indirecto de su asesinato, en sus escritos le califica como un buen gobernante cuando lo pone al lado del infame Veintemilla).
Ya me he desahogado. Vuelvo a la novela.
Alicia Yánez Cossío, como se puede comprobar con todo lo que acabo de rajar, consigue convencer e imponer su visión del personaje. La obra funciona pero se queda el regusto de que hubiera funcionado mejor si la autora se hubiera animado y hubiera escrito una novela, la famosa novela del dictador hispanoamericana, aunque así hubiera abarcado un período más breve en la vida de Gabriel García moreno.
Quizás se pueda reprochar que los últimos capítulos son apresurados, como si la autora tuviera prisa en acabar. Mientras que la primera legislatura queda reflejada con mayor detalle, la segunda queda muy reducida (a pesar de que esta se prolongó durante más tiempo). Apenas se nos cuenta nada de esta, sólo los ánimos del pueblo, que esperaba con ansias en inminente tiranicidio.
Puntuación: 81/100
Posdata. Nos volveremos a encontrar dentro de catorce días con “De que nada se sabe”, de Alfredo Noriega.


sábado, 30 de enero de 2010

LAS CATILINARIAS - Juan Montalvo


Título: Las catilinarias

Autor: Juan María Montalvo Fiallos (Ambato, Tungurahua, 1832; París, Francia, 1889)

Año de publicación: 1880-1882

Edición: Libresa, colección Antares, segunda edición, diciembre 2008

Páginas: 393; Estudio introductorio + Algunos juicios críticos + Cronología + Bibliografía recomendada + Temas para trabajo de los estudiantes + 12 ensayos

Conjunto de doce ensayos publicados entre 1880 y 1882, que critican al dictador Ignacio de Veintemilla, que ejercía un mal habido poder en el Ecuador desde 1876: lo tacha de tirano, de inculto y salvaje; condena su prepotencia y arrogancia; pone en evidencia la corrupción, la opresión y los crímenes políticos que propicia. Y, como cortina de fondo, describe a la sociedad ecuatoriana de su tiempo, sin dejar de juzgar, también en forma dura, a otros políticos o a sectores del clero.
Considerado el libro más combativo de Montalvo, Las Catilinarias conserva actualidad. Transcurridos más de cien años de su publicación, sus críticas parecen dirigidas a combatir una situación social y política que no parece haber cambiado nada, sino, por el contrario, hacerse más grave.

Hoy finalmente me enmiendo de una de las mayores carencias que tenía este blog. No era justificable el hecho de que en una página dedicada a autores ecuatorianos faltase un artículo sobre Juan Montalvo, para muchos el hombre que ha dado mayor lustre a las letras de este país. Más aún cuando anteriormente ya he reseñado una obra de Juan León Mera, su álter ego oscuro (pido perdón por llamarlo así; sólo es que me llaman la atención las coincidencias entre ambos literatos: los dos nacieron en el mismo año, en la misma ciudad y su nombre de pila es Juan, pero uno es conservador mientras que Montalvo es liberal) a pesar de que yo debería tener más afinidad con este autor. Lo dicho, esta manifiesta injusticia quedará hoy resuelta con el comentario de “Las catilinarias”, quizás la obra más popular de Juan Montalvo, una colección de artículos/ensayos dedicados a dinamitar la imagen pública del dictador Ignacio de Veintemilla.

Tengo sentimientos encontrados al respecto de esta obra. Por un lado he quedado admirado por la elegancia y la maestría en el manejo del lenguaje de la que hace gala el autor ambateño, y por otra encuentro ciertos detalles que me chirrían. Mejor comenzaré con lo que menos me ha gustado, así me lo quito de encima.
Primero. Soy consciente de que, a pesar de que Juan Montalvo es la voz de los liberales ecuatorianos, es un liberal del siglo XIX. Es un liberal pre-Nietzsche, pre-Darwin, pre-Marx y pre-Freud (sé que algunas de estas figuras son contemporáneas o incluso anteriores a Montalvo, pero sus ideas aún no han sido suficientemente difundidas, estudiadas o aceptadas). Con ello nos encontramos con que muchas de las aseveraciones que encontramos en esta obra nos pueden parecer muy rancias, más cercanas a lo que hoy entendemos como conservadoras. Esto es así cuando el autor, refiriéndose a los primeros movimientos feministas que levantan su voz en Europa, dice: “No vamos tan adelante en nuestras exigencias, señores, que nos pongamos ahora a reclamar el pleno ejercicio de los derechos políticos, como en mala hora están haciendo en Francia, Alemania y otras naciones ciertas mujeres de poco juicio;…”. No es este el único caso. En ocasiones arremete contra minorías étnicas, como negros o indios, además de despreciar la cultura ancestral de su propio país. Da la impresión de que le gustaría que el Ecuador fuera una nación europea y le cabrean todas las singularidades que lo aparten de su visión.
Otro detalle discordante es que denuncia la hipocresía del clero, pero él mismo habla como un predicador, dando recetas para la salvación del alma (no estoy acusando al mismo Montalvo de hipócrita pues no considero contradictorias ambas cosas, sólo me llama la atención que, siendo liberal, dedique tantas letras a adoctrinar sobre moral cristiana).
Por último, y con esto me dejo de dar pegas, Juan Montalvo se quiere mucho a sí mismo. Él es un genio, todo lo que hace es honorable y todo aquel que ose criticarle es indigno. Acepto que estos son artículos muy personales y que en el género ensayístico la humildad no suele estar presente (salvaré si acaso a Alfredo Bryce Echenique, pero se dice que no todos sus artículos son suyos), acepto que, efectivamente, él se condujo fiel a sus principios a lo largo de toda su vida, acepto que la mayor parte de sus críticos eran ciegos a sus propias vigas, pero Montalvo se excede en su glorificación.
Vayamos ahora a las partes que son dignas de elogio. La primera salta a los ojos nada más leer la primera página. El estilo de Montalvo es sublime, muy claramente influenciado por Cervantes. Se nota que fue un hombre de vasta cultura, pues muy a menudo inserta referencias clásicas. Eso sí, si considera que estas son demasiado oscuras de inmediato hace la aclaración pertinente para que los lectores más legos puedan comprender el sentido de sus metáforas.
En todas y cada una de las doce catilinarias Montalvo se dedica a desollar a un personaje de la política ecuatoriana. Su víctima predilecta, cómo no, es el citado general Veintemilla (un oscuro tiranuelo que habría sido olvidado por la Historia si el propio Montalvo no lo hubiera hecho inmortal), pero también dedica sus dardos envenenados al anterior presidente, Antonio Borrero, a su ministro Manuel Gómez de la Torre, al general José María Urbina, así como a distintas congregaciones religiosas (le tiene mucha inquina a los jesuítas). Montalvo domina el arte del insulto en distintas variantes. En ocasiones se limita a emplear el sarcasmo (son despiadadas las descripciones que hace de sus enemigos, tanto físicas como morales), pero otras veces pide directamente el asesinato del personaje en cuestión. No se corta en llamar pusilánimes a los ecuatorianos por no echarse a la calle a despedazar al déspota que los gobierna (esta acusación me produjo no poca sorpresa además de parecerme muy injusta, pues son pocos los presidentes que han completado su legislatura en la República de Ecuador, siendo los más de ellos, también Veintemilla, depuestos por acción de un golpe militar o de una revuelta ciudadana).
Pero sería muy inapropiado decir que “Las catilinarias” es sólo un catálogo de insultos. Montalvo imparte lecciones de buena educación, de buenas costumbres, de buen juicio y de estética. Este libro puede ser considerado (y así lo ha sido por mucha gente) una auténtica guía moral.
Para concluir, y teniendo en cuenta los aspectos menos favorables que remarqué antes, este libro es un grandioso modelo de retórica. Y es un auténtico placer leerlo.

Puntuación: 79/100
 
Posdata. Dentro de dos sábados seguiremos con obras dedicadas a dictadores de triste fama. Comentaré entonces “Sé que viene a matarme”, de Alicia Yánez Cossío, donde se nos narra la vida de Gabriel García Moreno.

sábado, 16 de enero de 2010

LA MADRIGUERA - Abdón Ubidia



Título: La madriguera


Autor: Abdón Ubidia (Quito, Pichincha, 1944)


Año de publicación: 2004


Edición: Editorial El Conejo, 2009


Páginas: 346, 17 capítulos

Bruno es un pintor de cincuenta años que se pregunta por el sentido de su vida, de sus amores y de su arte. AleXandra es una dama que intenta llenar con pasión el vacío de su existencia. La ciudad es un espacio que ya no cree en utopías y que ha dado paso a una modernización sin alma. En el país, la pus de la corrupción se desborda. Bajo este marco, esta novela, que pronto habrá de convertirse en un texto memorable de nuestra literatura, desarrolla una historia de amor y otra de estafa financiera y chantaje que mantendrá en vilo a sus lectores.



La Madriguera es un novela de escritura lúcida que convierte en materia de la ficción los debates culturales del mundo contemporáneo; un texto que atrapa al lector inteligente por la sobriedad de su narración; una escritura que domina el arte de contar una historia.


Al mismo tiempo, La Madriguera, de Abdón Ubidia, es una novela que indaga profundamente en las contradicciones existenciales del ser humano que, heredero de los ideales del pensamiento moderno, se ve enfrentado al cinismo doloroso de la posmodernidad.


Raúl Vallejo


Hoy, por primera vez desde que abrí este blog, voy a repetir con un autor. El elegido no podía ser otro que Abdón Ubidia, de quien ya comenté la novela “Sueño de lobos” en el primer artículo que publiqué en esta página.

Quiero revelar aquí una costumbre personal que tengo. Todos los años los tengo que comenzar leyendo una buena novela. Considero que según la satisfacción que obtenga de esa primera lectura así será de bueno el año. Sé que es una tontería (como lo son todas las tradiciones), pero cuando uno está necesitado de fortuna cualquuier rito es válido. A lo que iba. Por si esta costumbre funciona prefiero no pillarme los dedos e ir sobre seguro, de manera que elijo muy bien la obra que me encontrará leyendo el nuevo año. Donde otras veces han estado Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Jorge Luis Borges, hoy está Abdón Ubidia. 2010 será un gran año.
Nos encontramos en Quito a finales del siglo XX. El volcán Pichincha está escupiendo bocanadas de ceniza sobre la capital, el gobierno de Jamil Mahuad se tambalea, el país se encuentra sumido en una crisis financiera que terminó de arruinar a las clases medias y bajas, empujando a cientos de miles de ecuatorianos a hacer cola en las embajadas para conseguir un visado de escape…
Con este telón de fondo se nos cuenta la historia de Bruno, un pintor que alcanzó cierto reconocimiento en los ochenta pero que se encuentra hastiado, artística, sentimental y vitalmente. El protagonista toma la determinación de colgar los pinceles y encauzar su vida. Pretende organizar una fundación en su ático (la Madriguera) que aglutine a otros artistas plásticos de la ciudad. Su plan fracasa y el artista opta entonces por el Mal. Con la ayuda de su amigo Bernardo, falsificador de cuadros, pretende chantajear a su hermano mellizo, uno de los empresarios más influyentes del país y con el que no mantiene ninguna relación desde su juventud.
Lo primero que conviene aclarar es que, a pesar de lo que se pueda desprender de este resumen o del texto de la solapa, este título no es un thriller. La trama del chantaje al mellizo puede contener cierto suspense, pero este se diluye pronto. Desde luego no ha sido ese el camino que ha querido tomar el autor. Lo que yo entiendo (yo, que no he vivido en ese lugar ni en ese tiempo; yo, que no conozco la realidad ecuatoriana si no desde fuera) es que “La Madriguera” es una reflexión sobre la ciudad, sobre aquello en lo que se ha convertido. Es, de alguna manera, un manual de instrucciones para entender a Quito en los albores del siglo XXI. La decisión del protagonista, cuando después de años de integridad, deja de ser artista para convertirse en mercader, traicionando todos sus ideales, es la deicisión de una sociedad entera, de una ciudad pintoresca y conventual que, de la noche a la mañana (gracias a la intercesión del santo petróleo) vende su alma y se convierte en algo para lo que no estaba preparada.
En la contraportada de esta edición aparecen fragmentos de diversas críticas. En casi todas ellas se hace un elogio de la reflexión sobre la opción del Mal que Ubidia hace en esta obra. Me adhiero a ellas, pero mi adhesión es condicional. Es cierto que en “La Madriguera” se analiza esa opción por el Mal (el mismo autor lo repito continuamente en la segunda parte de la novela), pero es un Mal mediocre, patán. Es todo el Mal al que tiene acceso un hombre que no está entrenado para ello.. Ni el protagonista era un santo en los primeros capítulos ni un diablo en los últimos (afortunadamente, porque perdería credibilidad). Considero mucho más correcto decir que el tema de la obra es la Culpa. La Culpa que sienten los protagonistas, los antagonistas, los ricos y los pobres, la Culpa del Norte y la del Sur, la Culpa vieja´la heredada de la colonia y más allá; y la Culpa nueva, la que viene del Oriente empaquetada en barriles. En esta ciudad todos son culpables y todos son expertos en esconder sus culpas.
Que la narrativa de Abdón Ubidia es prodigiosa es algo que sabrán todos los que le hayan leído antes. Sabe manejar los tiempos y sus recursos. No puedo dejar de mencionar ese espectacular flashback del último capítulo, donde se permite revelar los secretos de la estructura interna de la novela, como su carácter dual, por si se nos había pasado por alto.
Quizás se pueda echar en falta carisma en sus personajes, que no me parecen tan definidos como en “Sueño de lobos” (en “La Madriguera” los personajes me resultan demasiado reales, demasiado inspirados en modelos del entrono del autor, siendo ese uno de sus juegos). Pero esta falta queda compensada por lo bien que se ha trabajado esa historia de amor y humillación entre el protagonista y AleXandra.
Sólo espero que para todos este 2010 sea también un año de sobresaliente.


Puntuación: 94/100

Posdata. Dentro de dos semanas me saldré del esquema y aparcaré la novela por el ensayo. Presentaré entonces “Las Catilinarias”, de Juan Montalvo.