sábado, 30 de enero de 2010

LAS CATILINARIAS - Juan Montalvo


Título: Las catilinarias

Autor: Juan María Montalvo Fiallos (Ambato, Tungurahua, 1832; París, Francia, 1889)

Año de publicación: 1880-1882

Edición: Libresa, colección Antares, segunda edición, diciembre 2008

Páginas: 393; Estudio introductorio + Algunos juicios críticos + Cronología + Bibliografía recomendada + Temas para trabajo de los estudiantes + 12 ensayos

Conjunto de doce ensayos publicados entre 1880 y 1882, que critican al dictador Ignacio de Veintemilla, que ejercía un mal habido poder en el Ecuador desde 1876: lo tacha de tirano, de inculto y salvaje; condena su prepotencia y arrogancia; pone en evidencia la corrupción, la opresión y los crímenes políticos que propicia. Y, como cortina de fondo, describe a la sociedad ecuatoriana de su tiempo, sin dejar de juzgar, también en forma dura, a otros políticos o a sectores del clero.
Considerado el libro más combativo de Montalvo, Las Catilinarias conserva actualidad. Transcurridos más de cien años de su publicación, sus críticas parecen dirigidas a combatir una situación social y política que no parece haber cambiado nada, sino, por el contrario, hacerse más grave.

Hoy finalmente me enmiendo de una de las mayores carencias que tenía este blog. No era justificable el hecho de que en una página dedicada a autores ecuatorianos faltase un artículo sobre Juan Montalvo, para muchos el hombre que ha dado mayor lustre a las letras de este país. Más aún cuando anteriormente ya he reseñado una obra de Juan León Mera, su álter ego oscuro (pido perdón por llamarlo así; sólo es que me llaman la atención las coincidencias entre ambos literatos: los dos nacieron en el mismo año, en la misma ciudad y su nombre de pila es Juan, pero uno es conservador mientras que Montalvo es liberal) a pesar de que yo debería tener más afinidad con este autor. Lo dicho, esta manifiesta injusticia quedará hoy resuelta con el comentario de “Las catilinarias”, quizás la obra más popular de Juan Montalvo, una colección de artículos/ensayos dedicados a dinamitar la imagen pública del dictador Ignacio de Veintemilla.

Tengo sentimientos encontrados al respecto de esta obra. Por un lado he quedado admirado por la elegancia y la maestría en el manejo del lenguaje de la que hace gala el autor ambateño, y por otra encuentro ciertos detalles que me chirrían. Mejor comenzaré con lo que menos me ha gustado, así me lo quito de encima.
Primero. Soy consciente de que, a pesar de que Juan Montalvo es la voz de los liberales ecuatorianos, es un liberal del siglo XIX. Es un liberal pre-Nietzsche, pre-Darwin, pre-Marx y pre-Freud (sé que algunas de estas figuras son contemporáneas o incluso anteriores a Montalvo, pero sus ideas aún no han sido suficientemente difundidas, estudiadas o aceptadas). Con ello nos encontramos con que muchas de las aseveraciones que encontramos en esta obra nos pueden parecer muy rancias, más cercanas a lo que hoy entendemos como conservadoras. Esto es así cuando el autor, refiriéndose a los primeros movimientos feministas que levantan su voz en Europa, dice: “No vamos tan adelante en nuestras exigencias, señores, que nos pongamos ahora a reclamar el pleno ejercicio de los derechos políticos, como en mala hora están haciendo en Francia, Alemania y otras naciones ciertas mujeres de poco juicio;…”. No es este el único caso. En ocasiones arremete contra minorías étnicas, como negros o indios, además de despreciar la cultura ancestral de su propio país. Da la impresión de que le gustaría que el Ecuador fuera una nación europea y le cabrean todas las singularidades que lo aparten de su visión.
Otro detalle discordante es que denuncia la hipocresía del clero, pero él mismo habla como un predicador, dando recetas para la salvación del alma (no estoy acusando al mismo Montalvo de hipócrita pues no considero contradictorias ambas cosas, sólo me llama la atención que, siendo liberal, dedique tantas letras a adoctrinar sobre moral cristiana).
Por último, y con esto me dejo de dar pegas, Juan Montalvo se quiere mucho a sí mismo. Él es un genio, todo lo que hace es honorable y todo aquel que ose criticarle es indigno. Acepto que estos son artículos muy personales y que en el género ensayístico la humildad no suele estar presente (salvaré si acaso a Alfredo Bryce Echenique, pero se dice que no todos sus artículos son suyos), acepto que, efectivamente, él se condujo fiel a sus principios a lo largo de toda su vida, acepto que la mayor parte de sus críticos eran ciegos a sus propias vigas, pero Montalvo se excede en su glorificación.
Vayamos ahora a las partes que son dignas de elogio. La primera salta a los ojos nada más leer la primera página. El estilo de Montalvo es sublime, muy claramente influenciado por Cervantes. Se nota que fue un hombre de vasta cultura, pues muy a menudo inserta referencias clásicas. Eso sí, si considera que estas son demasiado oscuras de inmediato hace la aclaración pertinente para que los lectores más legos puedan comprender el sentido de sus metáforas.
En todas y cada una de las doce catilinarias Montalvo se dedica a desollar a un personaje de la política ecuatoriana. Su víctima predilecta, cómo no, es el citado general Veintemilla (un oscuro tiranuelo que habría sido olvidado por la Historia si el propio Montalvo no lo hubiera hecho inmortal), pero también dedica sus dardos envenenados al anterior presidente, Antonio Borrero, a su ministro Manuel Gómez de la Torre, al general José María Urbina, así como a distintas congregaciones religiosas (le tiene mucha inquina a los jesuítas). Montalvo domina el arte del insulto en distintas variantes. En ocasiones se limita a emplear el sarcasmo (son despiadadas las descripciones que hace de sus enemigos, tanto físicas como morales), pero otras veces pide directamente el asesinato del personaje en cuestión. No se corta en llamar pusilánimes a los ecuatorianos por no echarse a la calle a despedazar al déspota que los gobierna (esta acusación me produjo no poca sorpresa además de parecerme muy injusta, pues son pocos los presidentes que han completado su legislatura en la República de Ecuador, siendo los más de ellos, también Veintemilla, depuestos por acción de un golpe militar o de una revuelta ciudadana).
Pero sería muy inapropiado decir que “Las catilinarias” es sólo un catálogo de insultos. Montalvo imparte lecciones de buena educación, de buenas costumbres, de buen juicio y de estética. Este libro puede ser considerado (y así lo ha sido por mucha gente) una auténtica guía moral.
Para concluir, y teniendo en cuenta los aspectos menos favorables que remarqué antes, este libro es un grandioso modelo de retórica. Y es un auténtico placer leerlo.

Puntuación: 79/100
 
Posdata. Dentro de dos sábados seguiremos con obras dedicadas a dictadores de triste fama. Comentaré entonces “Sé que viene a matarme”, de Alicia Yánez Cossío, donde se nos narra la vida de Gabriel García Moreno.

sábado, 16 de enero de 2010

LA MADRIGUERA - Abdón Ubidia



Título: La madriguera


Autor: Abdón Ubidia (Quito, Pichincha, 1944)


Año de publicación: 2004


Edición: Editorial El Conejo, 2009


Páginas: 346, 17 capítulos

Bruno es un pintor de cincuenta años que se pregunta por el sentido de su vida, de sus amores y de su arte. AleXandra es una dama que intenta llenar con pasión el vacío de su existencia. La ciudad es un espacio que ya no cree en utopías y que ha dado paso a una modernización sin alma. En el país, la pus de la corrupción se desborda. Bajo este marco, esta novela, que pronto habrá de convertirse en un texto memorable de nuestra literatura, desarrolla una historia de amor y otra de estafa financiera y chantaje que mantendrá en vilo a sus lectores.



La Madriguera es un novela de escritura lúcida que convierte en materia de la ficción los debates culturales del mundo contemporáneo; un texto que atrapa al lector inteligente por la sobriedad de su narración; una escritura que domina el arte de contar una historia.


Al mismo tiempo, La Madriguera, de Abdón Ubidia, es una novela que indaga profundamente en las contradicciones existenciales del ser humano que, heredero de los ideales del pensamiento moderno, se ve enfrentado al cinismo doloroso de la posmodernidad.


Raúl Vallejo


Hoy, por primera vez desde que abrí este blog, voy a repetir con un autor. El elegido no podía ser otro que Abdón Ubidia, de quien ya comenté la novela “Sueño de lobos” en el primer artículo que publiqué en esta página.

Quiero revelar aquí una costumbre personal que tengo. Todos los años los tengo que comenzar leyendo una buena novela. Considero que según la satisfacción que obtenga de esa primera lectura así será de bueno el año. Sé que es una tontería (como lo son todas las tradiciones), pero cuando uno está necesitado de fortuna cualquuier rito es válido. A lo que iba. Por si esta costumbre funciona prefiero no pillarme los dedos e ir sobre seguro, de manera que elijo muy bien la obra que me encontrará leyendo el nuevo año. Donde otras veces han estado Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Jorge Luis Borges, hoy está Abdón Ubidia. 2010 será un gran año.
Nos encontramos en Quito a finales del siglo XX. El volcán Pichincha está escupiendo bocanadas de ceniza sobre la capital, el gobierno de Jamil Mahuad se tambalea, el país se encuentra sumido en una crisis financiera que terminó de arruinar a las clases medias y bajas, empujando a cientos de miles de ecuatorianos a hacer cola en las embajadas para conseguir un visado de escape…
Con este telón de fondo se nos cuenta la historia de Bruno, un pintor que alcanzó cierto reconocimiento en los ochenta pero que se encuentra hastiado, artística, sentimental y vitalmente. El protagonista toma la determinación de colgar los pinceles y encauzar su vida. Pretende organizar una fundación en su ático (la Madriguera) que aglutine a otros artistas plásticos de la ciudad. Su plan fracasa y el artista opta entonces por el Mal. Con la ayuda de su amigo Bernardo, falsificador de cuadros, pretende chantajear a su hermano mellizo, uno de los empresarios más influyentes del país y con el que no mantiene ninguna relación desde su juventud.
Lo primero que conviene aclarar es que, a pesar de lo que se pueda desprender de este resumen o del texto de la solapa, este título no es un thriller. La trama del chantaje al mellizo puede contener cierto suspense, pero este se diluye pronto. Desde luego no ha sido ese el camino que ha querido tomar el autor. Lo que yo entiendo (yo, que no he vivido en ese lugar ni en ese tiempo; yo, que no conozco la realidad ecuatoriana si no desde fuera) es que “La Madriguera” es una reflexión sobre la ciudad, sobre aquello en lo que se ha convertido. Es, de alguna manera, un manual de instrucciones para entender a Quito en los albores del siglo XXI. La decisión del protagonista, cuando después de años de integridad, deja de ser artista para convertirse en mercader, traicionando todos sus ideales, es la deicisión de una sociedad entera, de una ciudad pintoresca y conventual que, de la noche a la mañana (gracias a la intercesión del santo petróleo) vende su alma y se convierte en algo para lo que no estaba preparada.
En la contraportada de esta edición aparecen fragmentos de diversas críticas. En casi todas ellas se hace un elogio de la reflexión sobre la opción del Mal que Ubidia hace en esta obra. Me adhiero a ellas, pero mi adhesión es condicional. Es cierto que en “La Madriguera” se analiza esa opción por el Mal (el mismo autor lo repito continuamente en la segunda parte de la novela), pero es un Mal mediocre, patán. Es todo el Mal al que tiene acceso un hombre que no está entrenado para ello.. Ni el protagonista era un santo en los primeros capítulos ni un diablo en los últimos (afortunadamente, porque perdería credibilidad). Considero mucho más correcto decir que el tema de la obra es la Culpa. La Culpa que sienten los protagonistas, los antagonistas, los ricos y los pobres, la Culpa del Norte y la del Sur, la Culpa vieja´la heredada de la colonia y más allá; y la Culpa nueva, la que viene del Oriente empaquetada en barriles. En esta ciudad todos son culpables y todos son expertos en esconder sus culpas.
Que la narrativa de Abdón Ubidia es prodigiosa es algo que sabrán todos los que le hayan leído antes. Sabe manejar los tiempos y sus recursos. No puedo dejar de mencionar ese espectacular flashback del último capítulo, donde se permite revelar los secretos de la estructura interna de la novela, como su carácter dual, por si se nos había pasado por alto.
Quizás se pueda echar en falta carisma en sus personajes, que no me parecen tan definidos como en “Sueño de lobos” (en “La Madriguera” los personajes me resultan demasiado reales, demasiado inspirados en modelos del entrono del autor, siendo ese uno de sus juegos). Pero esta falta queda compensada por lo bien que se ha trabajado esa historia de amor y humillación entre el protagonista y AleXandra.
Sólo espero que para todos este 2010 sea también un año de sobresaliente.


Puntuación: 94/100

Posdata. Dentro de dos semanas me saldré del esquema y aparcaré la novela por el ensayo. Presentaré entonces “Las Catilinarias”, de Juan Montalvo.

sábado, 2 de enero de 2010

EL ÉXODO DE YANGANA - Ángel F. Rojas


Título: El éxodo de Yangana

Autor: Ángel Felicísimo Ojeda Rojas (Loja, Loja, 1909; Guayaquil, Guayas, 2003)

Año de publicación: 1949

Edición: Editorial El Conejo, primera edición, 1985

Páginas: 360, 3 partes + 1 preludio + 2 interludios + 1 postludio

Ángel Felicísimo Rojas (1909), es un escritor lojano de sobria y sólida trayectoria. Desde BANCA (1938), su primer libro, muestra una gran seguridad narrativa. En EL ÉXODO DE YANGANA (1949), sus cualidades expresan, además, una inteligente asimilación de los movimientos literarios de la época.
Conforme al crítico Hernán Rodríguez Casino, EL ÉXODO DE YANGANA es "el caso mayor, la cumbre de las novelas de esta década del 40 al 50 (...), para algunos buenos lectores y críticos, la mayor novela que se haya escrito en el Ecuador en bastantes años".
Siendo desde ei punto de vista temático una versión próxima al clásico argumento de Fuenteovejuna, posee dimensión literaria propia. En una perspectiva distinta a ¡a de los años 30, pero manteniendo aún ligamentos perceptibles, EL ÉXODO DE YANGANA deja atrás la violencia verbal de los años anteriores. Así, "su mucha materia novelesca es trabajada como una gran construcción de espléndida grandeza".


El artículo que van  a leer a continuación me ha resultado muy difícil de escribir pero también muy agradable. Son tantas las cosas que quiero decir que por fuerza he tenido que recortar mucho este texto, algo que siempre es doloroso para el que escribe. Anteriormente ya he hablado de otras obras a las que no daba yo mucho crédito y que sin embargo luego me entusiasmaron (estoy siendo muy afortunado, pues desde que abrí este blog son más los casos de este tipo que las decepciones). Con “El éxodo de Yangana” no me he entusiasmado. Con esta novela me he quedado realmente sin palabras. Recoge  más que ninguna el espíritu con el que inicié esta página, el de descubrir y promocionar obras escritas en Ecuador desconocidas más allá de sus fronteras. Yo no conocía “El éxodo de Yangana”. Nunca había oído hablar de Ángel F. Rojas. Aún no sé porqué elegí este libro entre tantos como se me ofrecían en aquella librería de viejo en el centro de Quito, cuando de esta novela no me atraía ni siquiera la portada. He de confesar incluso que he pospuesto su lectura un par de veces en favor de otras. Y sin embargo (y me van a tener que perdonar esta expresión tan netamente española) esta es una novela COJONUDA. Por ello me siento muy orgulloso de presentarla.
Allá voy.
La historia de este libro toma como referencia el drama de Lope de Vega “Fuenteovejuna”. Un pueblo pequeño (una especie de edén idílico) que vive a espaldas del estado comete un crimen imperdonable, lincha a un gamonal que se había apoderado de las tierras comunales. Ante la inminente respuesta de las fuerzas armadas enviadas por la capital para castigar a la aldea rebelde, los vecinos meten fuego al pueblo de Yangana y se marchan todos juntos al oriente para refundarlo, lejos del alcance de sus perseguidores.
Este es el resumen más apropiado que he podido redactar de la trama de esta novela, trama que no vamos a encontrar hasta más allá de la página doscientos (cabe recordar que este libro no es un tocho de mil quinientas páginas si no que apenas cuenta con trescientas sesenta; con esto quiero decir que en casi dos tercios de la novela no vamos a encontrar más que sombras de lo que será el argumento).
En la primera parte (que ocupa unas cien páginas) el autor nos enumera a los participantes de la expedición. Literalmente. A través de cuarenta y seis fragmentos nos va a presentar a cada uno de los habitantes de Yangana indicando algún detalle de su vida o de su personalidad que nos permita identificarlo. No piensen con ello que esta es una novela coral en la que aparecen multitud de personajes. En realidad sólo hay un puñado a los que podemos considerar importantes. A la mayoría se les menciona en esta primera parte y ya no vuelven a aparecer. Si lo miramos fríamente esta forma de comenzar una novela no puede ser más aburrida. Pero las apariencias engañan, ahora más que nunca. Cada uno de estos fragmentos, de estas biografías mínimas, son brillantes, amenas y precisas. El autor consigue que, con un par de características, podamos definir perfectamente el carácter del personaje en cuestión. Además Rojas sabe jugar con sus recursos y en vez de recrear pequeños cuadros costumbristas construye unas escenas exageradas (sin pasarse) en las que podemos prefigurar rasgos de lo que luego se dará en el “realismo mágico” (ese gafe de Fosforito López, quien desde bien pequeño atrae al fuego).
En la segunda parte lo que leeremos serán las notas de un naturalista gringo, Míster Spark, quien vivió un tiempo en Yangana, y disecciona la geografía y la sociedad del pueblo con una minuciosidad propia de su oficio. De esta manera nos acerca lo usos y costumbres de la población a la vez que nos adelanta algunos sucesos que darán origen a la tragedia. Pero tampoco se nos presenta aún el argumento principal, puesto que Míster Spark se pierde en la amazonía un año antes del éxodo.
Sólo en la última parte encontraremos la historia que resumí al principio. Esta estructura general de la novela puede resultar chocante, pero es una decisión muy inteligente del autor. Si la construcción fuera convencional el lector podría sentirse horripilado por el crimen, por mucho que se hubieran dedicado las primeras páginas en exponer las injusticias que sufre el pueblo bajo el yugo de los hacendados advenedizos. En lugar de eso Rojas dedica sus esfuerzos primero en que conozcamos a todos los vecinos y luego en que conozcamos la idiosincrasia de la aldea. Cuando por fin se da el suceso tanto tiempo esperado ya no somos espectadores, ya nos hemos fundido con Yangana. No es sólo que justifiquemos el linchamiento, es que llegamos a participar en él.
En esta novela encontramos denuncia social, pero la justa. No es de esas en las que hay una putada por página para la víctima correspondiente. De hecho los villanos, los gamonales, no lo son tanto. Ignacio Gurmendi no es más que un infeliz que se ve arrastrado a la perdición por imbécil (de lo que no he encontrado ni gota es de indigenismo, a pesar de que ya he visto mencionada alguna vez esta novela como ejemplo del mismo; entre la población de Yangana hay mucho mestizajes sin discriminación racial).
Por último, “El éxodo de Yangana” es también una reflexión sobre la historia de los pueblos de América (muchas veces me ha parecido que el nombre del pueblo se transformaba en “Macondo”). Viven ignorados y oprimidos por un gobierno distante, se sublevan y eligen a un libertador para que los guíe, quien luego de cumplir su misión pretende mantener el poder en sus manos (sustituyan gobierno distante por chapetones y libertador por Libertador).
Me molesta tener que finalizar el artículo porque me dejo muchas cosas en el tintero. Acabaré con una recomendación. Léanse este libro. Es de lo mejorcito que se ha escrito en el Ecuador en todo el siglo XX.
 
Puntuación: 95/100

Posdata. Sé que los últimos libros que he comentado tienen las notas muy altas, pero es que realmente las merecen. De hecho sospecho que la tendencia continuará, ya que la novela que voy a comenzar a leer ahora es de un viejo conocido. Próximamente "La Madriguera", de Abdón Ubidia.


Descarga directa EL ÉXODO DE YANGANA Ángel F. Rojas

sábado, 19 de diciembre de 2009

HUASIPUNGO - Jorge Icaza


 Título: Huasipungo 


Autor: Jorge Icaza Coronel (Quito, Pichincha, 1906; Quito, Pichincha, 1978)
 

Año de publicación: 1934
 

Edición: Cátedra, Letras Hispánicas, 6ª edición, 2005 


Páginas: 255, introducción + esta edición + bibliografía + Huasipungo + vocabulario




Como muchos escritores de su generación, Jorge Icaza vio en sí mismo y en sus obras una consecuencia final de las transformaciones que el liberalismo había introducido en el Ecuador en las primeras décadas del siglo. Con su obra, parece sumarse a quienes pretendían hacer de la literatura una manifestación de la lucha de clases, un arte proletario al servicio del proletariado internacional, cuyos mejores representantes en la sierra ecuatoriana eran los indios y otros sectores populares.
Huasipungo es una pieza fundamental en el desarrollo de la narrativa indigenista andina. El indio que aparece en ella no es un indio mítico, sino un indio acosado por una naturaleza hostil y por los tradicionales abusos de los latifundistas. Junto al indio aparece el cholo, víctima del blanco y verdugo del indio.

Si hay una novela ecuatoriana cuya fama ha trascendido más allá de la República del Ecuador (siempre dentro de unos círculos especializados), esa es “Huasipungo”, de Jorge Icaza. La prueba está en la edición que he leído, publicada por una editorial española, la prestigiosa Cátedra, dentro de la colección Letras Hispánicas. Para que una obra sea publicada dentro de esta colección deben darse una serie de requisitos muy exclusivos, y esos se dan en la novela de Icaza.

Alfonso Pereira es un hacendado holgazán que malvive en Quito de las rentas de sus tierras que tiene medio abandonada en Cuchitambo. Cuando las deudas le vencen se ve obligado a instalarse en ella y hacer una serie de acondicionamientos que la hagan más atractiva para unos compradores norteamericanos Estos trabajos son realizados por los indígenas que viven en sus tierras, a los que trata como ganado. A lo largo de toda la novela somos testigos de la ignominia que el indio ecuatoriano ha tenido que sufrir desde tiempos inmemoriales a manos de terratenientes, sacerdotes y tenientes políticos, además del desprecio que por ellos sienten indios y cholos (Icaza denuncia un sistema de castas encubierto en el Ecuador rural, donde el porcentaje de sangre blanca en un individuo marca su status social y donde los indios son los intocables).
Al que haya leído anteriores artículos de este blog (en concreto este) le sonarán estos argumentos. Desde luego “Huasipungo” no es la primera novela indigenista que se escribió en Ecuador, pero su impacto fue tal que transformó la narrativa del país durante décadas. Fue como decirles a los ecuatorianos: “Dejaos de fantasías de progreso y modernidad. Esta es una realidad, está sucediendo aquí y ahora y no podemos seguir mirando hacia otro lado”. Sus contemporáneos del oficio no pudieron más que hacer eco con sus palabras.
Hablemos ahora de lo que nos podemos encontrar en estas páginas. En el primer fragmento (esta novela está compuesta por episodios sin numerar) nos presenta al hacendado. Icaza tiene el buen tino de no plantear al villano como un macho arrogante y poderoso acostumbrado a que su palabra sea ley, galopando por el páramo fusta en mano para corregir a sus esclavos. En lugar de eso Alfonso Pereira se comporta como un hombre apocado y débil de carácter que se ve obligado a actuar contra su voluntad acosado por las deudas. Una vez en su hacienda Pereira da buenas muestras de su complejo de inferioridad comportándose ante la indiada como un auténtico hijo de la gran puta (aunque nunca da la cara, para eso tiene a sus esbirros). Por supuesto no es Pereira el único villano de la historia, que también lo son los cholos amayorados que trabajan de verdugos al servicio del patrón-grande-su-mercé, y el mayor cabronazo de todos, el cura del pueblo, un tipejo sórdido para el que cualquier desgracia es una oportunidad para hacer negocio (Icaza subraya con este personaje una lacra endémica del país desde los tiempos de la colonia, el desorbitado poder que tiene la iglesia católica). Por otro lado tenemos a las víctimas de este sistema feudal, los indios. Estos no aparecen retratados con clichés del buen salvaje ni son héroes al uso, pues el autor los pinta tal cual él los ce. Aunque no es esa la intención de la novela Icaza es honesto y no duda a la hora de relejar los defectos de Andrés Chiliquinga, el protagonista. Nos encontramos así ante un individuo que maltrata a su pareja cuando se siente frustrado, que tiene terribles accesos de mal humor, que roba y mata cuando se siente obligado a ello. Pero es el héroe, es el que sufre las mayores injusticias de todos, y nos podemos sentir identificados con su lucha.
Sobre la estructura de la obra diré que me ha parecido irregular. Es cierto que el lenguaje de los personajes ha sido muy cuidado, respetando al máximo las expresiones y formas de hablar de los indios (mucho mejor que lo que hizo Joaquín Gallegos Lara el “Los guandos”; si bien es cierto que es sencillos perderse en sus parlamentos y hay que recurrir a menudo tanto al glosario del final como a las notas de pie de página). El problema mayor es que la trama no avanza con fluidez, falta una unidad en los temas. Se le nota a Icaza su inexperiencia afrontando una novela cuando supedita la construcción de la misma a su afán de denuncia, empalmando cuadro tras cuadro sin dar prioridad a una historia concreta. Entiendo la intención del autor y que esta obra tenía una prioridad por encima de su valor estético, pero enfocándola fríamente como literatura puede perder bastantes puntos. Eso sí, acaba dónde y cómo tiene que acabar.
Ya por último quisiera señalar un par de cosas. La primera es una escena que me hizo especial gracia por estar calcada al final de la película “Bienvenido, mister Marshall”, de Luis García Berlanga (todo aquel que la haya visto la podrá identificar de inmediato). La otra es que, después de leer “Huasipungo” puedo entender aún mejor, si cabe, las razones de la rebeldía del protagonista de la novela anterior, Naún Briones.

Puntuación: 93/100
 
Posdata. Como me gustó el anuncio que hice en el último artículo, lo voy a convertir en costumbre. Dentro de dos semanas hablaré de "El éxodo de Yangana", de Ángel F. Rojas.

Descarga directa  HUASIPUNGO  Jorge Icaza

domingo, 6 de diciembre de 2009

POLVO Y CENIZA - Eliécer Cárdenas

Título: Polvo y ceniza

Autor: Eliécer Cárdenas Espinosa (Cañar, Cañar, 1950)

Año de publicación: 1979

Edición: Eskeletra editorial, primera edición, 2001

Páginas: 350, 22 capítulos

Polvo y ceniza no es únicamente la ficción aventurera de un bandido, sino una novela de estructura cerrada, con ruptura lineal y temporal y buen manejo técnico del tema, en torno a la vida, pasión y muerte de un héroe popular mítico, el bandolero Naún Briones, quien se convirtió en tal al rebelarse contra una situación socioeconómica injusta e intolerable del agro austral ecuatoriano. El comportamiento de él, del protagonista: aterrador con los hacendados y caritativo con los pobres, cabida tuvo en la sensibilidad y el entendimiento de la población desposeída, por lo que luego de la muerte lo transformó en leyenda. y Eliécer Cárdenas, con su brioso y austero soplo narrativo, con su estilo de espontánea belleza y su percepción intimista, hizo de esa leyenda una novela realista y perduble.

Lo primero que voy a comentar sobre “Polvo y ceniza”, de Eliécer Cárdenas, es algo que nunca antes he comentado sobre ningún otro libro: la portada. Personalmente me parece uno de los mejores diseños de portada que he visto, y los he visto muy buenos.

Bueno, ya he hablado del continente, paso a hablar del contenido. Tal y como aparece en el texto de contraportada (he de confesar que en realidad no lo he sacado de la contraportada, donde sólo aparece la foto del autor, sino de la solapa) esta novela trata sobre la vida, la muerte y la leyenda (sobre todo la leyenda) de Naún Briones, un mítico bandido lojano que campó por las tierras fronterizas entre Ecuador y Perú durante la primera mitad del siglo XX. Su popularidad fue enorme por sus actos, propios del buen bandido (a nivel internacional su figura podría compararse a la de Robin Hood, pero los lectores españoles verán más similitudes con el bandolero de ficción Curro Jiménez). Naún Briones fue un bandido que cargó con muchas muerte a su espalda pero más que por ambición personal actúo por su manera de entender la justicia social, arrebatando los bienes a los terratenientes y hacendados para repartirlos con los desheredados (para remarcar más su nobleza Cárdenas hace coincidir a su protagonista con los Quiroz, los sanguinarios bandidos de la provincia de Cañar cuyo impulso era el odio y que no tenían más fin que la destrucción; o con el Águila Quiteña, ladrón de guante blanco cuyo arte le convierte en una personalidad en la capital).
Toda la novela está construida como un enorme caleidoscopio en cuyo centro se encuentra la figura del bandido. Así, aunque la mayoría de los capítulos narran, en tercera persona (donde a menudo se entremezclan las reflexiones en primera persona de los personajes) las escenas más importantes de la vida de Naún Briones (estos capítulos no están ordenados temporalmente, sino que se suceden según el autor los necesita), estos se encuentran salpicados por otros más cortos donde se nos muestra la leyenda vistas desde diferentes prismas (hay un capítulo genial, el titulado “Voces”, que está compuesto por pedazos de canciones y testimonios actuales de los habitantes de Loja, algunos de los cuales rechazan directamente lo narrado en el libro diciendo que Naún Briones no existió nunca o fue desde un simple cuatrero a un asesino despiadado). He de aplaudir al autor por la construcción de la novela pues, a pesar de su estructura de puzzle el lector nunca se siente frustrado ni se perderá entre los fragmentos. Cada capítulo (no sé si es válido llamarlos capítulos; ya que he comparado la obra con un puzzle será mejor que los llame piezas), cada pieza está escrita con un estilo claro, con un ritmo preciso y con un lenguaje extraordinario. Las reflexiones de los personajes, no sólo las del héroe, también las de Chivo Blanco, Pajarito, Víctor Pardo, los Quiroz o el Mayor Deifilio, son profundas, terribles y lúcidas. Cuando las lees sabes que un bandido analfabeto no se expresaría de esa forma pero todo encaja con el tono de la novela. Porque esta no es en ningún caso una obra realista ni pretende serlo. En muchos fragmentos se codea con el realismo mágico (Jesucristo es un anciano ciego que deambula por los caminos tocando el tambor), aunque yo la clasificaría mejor como el western que le hubiera gustado escribir a Borges (no es una afirmación gratuita; el estilo me recordó mucho al cuento que escribió el argentino dedicado a Billy el Niño) Pero es, sobre todo, un homenaje a un personaje, Naún Briones, cuya figura transciende gracias a Cárdenas, que convierte una leyenda local en una gloria nacional.
Otro acierto del autor (y van…) es que se libera de la tentación de hacer trampas y no convierte a Briones en un modelo impecable de justiciero dentro de un mundo corrupto. También nos cuenta esa etapa de su vida en la que se convirtió en un mercenario contratado por un cacique para sofocar las revueltas de sus peones. De acuerdo que posteriormente se redime, pero la traición a sus principios permanece. Eso lo hace más humano.
Hay muchos más aspectos dignos de encomio, como lo excepcionales que son todos los personajes /es increíble el trabajo que se debe haber tomado Eliécer Cárdenas al respecto, pues no hay uno sólo del que podamos decir “A este ya lo conozco de otro sitio”) o lo adecuadas que son siempre las ambientaciones y el buen hacer en sus descripciones, pero es que todo me gusta de esta novela, de la que soy rendido admirador. Si quisiera buscarle los tres pies al gato el único defecto que soy capaz de localizar sería la mala puntuación del texto, que parece que ha sido aliñado con un salero lleno de comas. Pero eso lo considero un error de edición y no hace incómoda la lectura.
“Polvo y ceniza” es lo más parecido a un best-seller que se ha publicado en Ecuador, pero su éxito es muy merecido.

Puntuación: 97/100

Posdata. Aprovecho para anunciar que el ritmo de publicación de los artículos va a pasar a ser desde ahora bisemanal. Es que si no, no doy abasto. Así pues, dentro de dos semanas colgaré, por fin, el post de “Huasipungo”.

Descarga directa POLVO Y CENIZA Eliécer Cárdenas

sábado, 28 de noviembre de 2009

EL ESPEJO Y LA VENTANA - Adalberto Ortíz


Título: El espejo y la ventana

Autor: Adalberto Ortíz Quiñonez (Esmeraldas, Esmeraldas, 1914; Guayaquil, Guayas, 2003) 

Año de publicación: 1967

Edición: Editorial El Conejo, primera edición, 1983

Páginas: 222, 21 capítulos

ADALBERTO ORTIZ (Esmeraldas, 1914) es un novelista que nace y se hace, va conformándose de un libro a otro. Así, tras su celebrado Juyungo, el gran na-rrador esmeraldeño robustece su expresión para construir, en dos planos sabiamente manejados, un mundo que supera el realismo lineal de la década de los años 30 y se sumerge en una "lógica del horror", como subraya Le Monde, que dibuja la decadencia de una familia mulata emigrada a Guayaquil, pero también la lucha —sensual, a veces, dolorosa siempre, en otras cínica— de Mauro Lemos, su personaje protagónico. El interior sicológico (el espejo) y el exterior social (la ventana) se fusionan en esta historia intensa que amplía, sin ninguna duda, el ámbito novelístico de Ortiz.

Hoy me va a tocar utilizar en este artículo un recurso que ya he empleado unas cuantas veces antes. Me refiero a ese de: “Cuando comencé a leer este libro pensaba que sería de esta forma por esto, por esto y por esto., pero la verdad es que me ha sorprendido gratamente por esto otro…” No es en absoluto original (de hecho ya lo utilicé en el post anterior), pero es rigurosamente cierto y se adecua a lo que tengo que decir sobre “El espejo y la ventana”.

Resumen:
Esta es la historia de una familia con tierras que se ven obligados a huir de la ciudad de Esmeraldas cuando esta es bombardeada por las fuerzas liberales y su hacienda arruinada. Mientras los varones se quedan en la tierra para intentar recuperar su fortuna, las mujeres se instalan en Guayaquil, donde malviven en un pequeño departamento de un barrio marginal. Allí el pequeño Mauro crece, va aprendiendo cómo funciona el mundo y llega a convertirse en el líder de una pequeña revolución.
Dicho esto he de confesar que comenzar este libro me daba una pereza insuperable. Por un lado se debe a que anteriormente ya había leído la novela más conocida de Adalberto Ortiz, Juyungo, y, sin ser la obra maestra de Alfredo Pareja Diezcanseco, me resultó pesada (evidentemente le voy a dar una segunda oportunidad: próximamente en este mismo blog; ahora sigan disfrutando con el artículo). Por otro lado basta con leer el texto de contraportada para que uno se haga la idea de que “El espejo y la ventana” se trata de otra novela de denuncia social, donde nos narra el duro día a día de los explotados (en este caso los protagonistas son mulatos, de forma que también iba a aparecer denuncia racial). Los ricos son perversos, torturan a los pobres y beben sangre de niños en sus misas negras mientras bailan la Macarena (no se me ocurre una canción que simbolice mejor el Mal en estado puro). Por su parte los pobres son gente virtuosa que vive permanentemente sometida a los caprichos de los poderosos, pero sin perder nunca la dignidad.
Vamos a ver, entiendo que esas historias son necesarias pero, no nos engañemos, muchas veces su calidad literaria es discutible.
“El espejo y la ventana” no es así en absoluto. Yo la considero una novela psicológica que sigue la escuela de Dostoievski o Baroja pero trasladándola a un entorno que conoce. En ella el autor se abre la piel y se muestra a sí mismo, muestra cómo las circunstancias son las que forman la identidad del hombre. Esta no es una obra de personajes estáticos, que son meros testigos de su realidad. Mauro Lemos, así como el resto de su familia, sufre la Guayaquil de principios del siglo XX, la vive, la respira, la mastica y, a su vez, es masticado por ella. Nada es gratuito. Todo ocurre porque los personajes necesitan que ocurra. Daré un ejemplo. En toda la novela aparece el tema racial en muy contadas ocasiones (cuando Mauro es pequeño una mujer prohíbe a sus hijos que jueguen con él por ser negro). Si esto ocurre el personaje reflexiona sobre sí mismo, sobre su condición, y a otra cosa, mariposa. Adalberto Ortiz no da la murga durante páginas y páginas hablando de lo duro que es pertenecer a una minoría. Y podría hacerlo, porque sabe de eso, pero prefiere que la historia avance.
Esto último es lo más acertado de la novela. La historia avanza, siempre fluye. Hay un capítulo terrible, uno en el que habla sobre la tía Delia (no daré más pistas pero el que lo haya leído lo recordará). Te consigue poner los pelos de punta en cuanto te das cuenta de los que está pasando. Cualquier otro autor se regodearía en ello y haría que la vida de los protagonistas diera un vuelco a raíz de este suceso. Pero Ortiz no. Él entiende que, por muy terrorífica que sea una experiencia la vida es demasiado vasta para que la afecte realmente. Y la historia avanza, una vez más. Así se explica que en sólo doscientas veinte páginas se nos narre la vida entera de un personaje y de la gente que lo rodea sin que el lector sienta que le están escatimando pedazos importantes.
Cada capítulo está compuesto de dos partes, la del espejo, que es una reflexión interior muy lírica, y la de la ventana, que es donde se narra, en tercera persona, la historia de la familia. Contrastan porque, mientras que en la parte del espejo el autor desata su lenguaje (el estilo es muy barroco, deliberadamente oscuro y recargado), la parte de la ventana conserva un estilo claro y directo, impecable. Está bien repartido ya que el espejo abarca unas diez líneas y la ventana es el grueso del capítulo, que suele ser de unas diez páginas. Si la proporción fuera diferente este libro sería insufrible (le tendría que cambiar el título y llamarlo “Las pequeñas estaturas”; lo siento, es que me cabreó mucho).
Pero no es perfecta la novela. Es una lástima que Adalberto Ortiz, que tan adecuadamente mantiene el ritmo de la narración durante los capítulos previos, al final se le desboque y acabe precipitadamente. Podría haber añadido un par de capítulos más para que el relato siguiera su curso natural y acabara cuando tiene que acabar. Esta es una apreciación personal y, si es lo único negativo que he podido encontrar, la valoración, por fuerza, no será menor de:

Puntuación: 93/100
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sábado, 21 de noviembre de 2009

LOS GUANDOS - Joaquín Gallegos Lara & Nela Martínez


Título: Los Guandos

Autor: Joaquín Gallegos Lara (Guayaquil, Guayas, 1911; Guayaquil, Guayas, 1947)
Nela Martínez Espinosa (Cañar, Cañar, 1912; La Habana, Cuba, 2004)

Año de publicación: 1982
Edición: Editorial El Conejo, segunda edición, 1983

Páginas: 319, presentación+2 partes+vocabulario

NELA MARTÍNEZ (Cañar) y JOAQUÍN GALLEGOS LARA (Guayas) fueron una síntesis, una fusión durante un lapso importante de sus vidas, como compañeros y luchadores sociales. Y continúan siéndolo (Costa y Sierra, indio y montubio, hombre y mujer) en este libro –Los guandos- en el que dos discursos narrativos aparentemente (y realmente) opuestos por largos años –el realismo social de la década de los años 30 y la manera más profunda de decir y contar de las promociones posteriores- se unen para conformar un solo corpus novelesco que desmiente, en sí y por sí mismo, toda una polémica en que padres y parricidas nunca dejaron de amarse. El indio desde adentro, entonces, como ser y accionar, en esta espléndida novela.

El libro del que hoy hablaremos es “Los guandos”, escrito al alimón entre Joaquín Gallegos Lara y Nela Martínez. Lo primero que conviene hacer es explicar en qué consistió la redacción de esta novela, pues el mero hecho de estar escrito a cuatro manos es algo que a mí me pone bajo alerta, por lo menos. La historia de la literatura (la historia que yo conozco, que no me he leído todos los libros del mundo) ya tiene muchos ejemplos de experimentos semejantes, en los que dos autores diferentes trabajan a la vez en una misma obra. Alguno ha salido bien (ahora mismo sólo me vienen a la cabeza las colaboraciones entre Borges y Bioy Casares que, sin tener la calidad de las obras propias de cada uno de ellos, son muy recomendables), pero la mayoría ha dado un resultado desastroso. Supongo que eso se debe a que cuando un proyecto es dirigido por dos mentes independientes cada una de ella tiene que sacrificar parte de sus ideas, de su talento narrativo y de su estilo para poder acomodarse a las ideas, el talento y estilo de la otra. Por otro lado, no nos engañemos, la forma de escribir de un hombre y una mujer es demasiado diferente como para que la fusión de ambas no de cómo resultado un caos. Eso era algo que me preocupaba de esta novela, más aún habiendo leído antes a Gallegos Lara, quien tiene un estilo muy definido. Afortunadamente mis peores expectativas no se han cumplido.

“Los guandos” es una novela que empezó a escribir Joaquín Gallegos Lara en 1935. Tras definir la estructura y redactar los primeros capítulos, envía el manuscrito a Nela Martínez para que lo guarde, con la intención de retomarla y completarla más adelante (es digna de alabanza esta edición, pues reproduce una copia de la carta que envía Gallegos Lara a Nela Martínez). El guayaquileño fallece prematuramente y “Los guandos” se pierde durante cuarenta años. Cuando Nela Martínez lo vuelve a encontrar asume que tiene la deuda de terminar la obra de su amigo.
Por todo ello esta novela tiene dos partes muy definidas. La primera, la más corta, escrita por Joaquín Gallegos Lara y la segunda escrita por Nela Martínez empleando la planificación de su compañero pero siendo fiel a su propio estilo. “Los guandos” está escrito por dos autores pero está formado por dos novelas, dos novelas relacionadas en el tema pero independientes en muchos otros aspectos.
Dicho esto hablaremos de la obra en sí. Luego regresaré al tema de las dos novelas en una.
“Los guandos” es una novela que podríamos inscribir en la corriente indigenista que se dio en la literatura ecuatoriana durante la década de los treinta y cuarenta, corriente que estuvo abanderada por “Huasipungo”, de Jorge Icaza. Esta novela es un alegato por la dignidad del indio, raza siempre vencida en el Ecuador desde el establecimiento de la colonia. Además funciona como denuncia a la explotación del hombre por el hombre y a la cruel opresión a la que se ven sometidos los indios por cholos y criollos.
La historia trata sobre un joven heredero de una buena familia cuencana quien, para medrar en política, decide organizar un guando con el que transportar un enorme generador eléctrico que podrá iluminar toda la ciudad de Cuenca. Para definir qué es un guando podemos utilizar el glosario que aparece al final de la obra:
Transporte de grandes cargas en andas sobre los hombros. Los indígenas han sido los únicos guanderos del país.
Hay que mencionar que, aunque las dos partes que conforman la novela están contando las mismas historias, estas son muy diferentes entre sí. En la primera parte da la impresión de que Gallegos Lara pretendía construir una novela más al uso. Presente varios personajes y varias historias que se desarrollan alrededor de la principal, la de la contratación del guando. Nela Martínez, por su parte, a lo que da énfasis es a la denuncia social. Es cierto que recoge todos los cabos sueltos que aparecen en los primeros capítulos y los deja atados, pero mientras algunos los ata al vuelo y luego se olvida de ellos (las historias en torno al contratista, Roberto Recalde: su noviazgo, el vicio de su hermana, su relación con Enrique Hidalgo o su propia ambición), a las historias de los indios les da una mayor importancia. En el capítulo VI de la segunda parte vemos cómo la autora nos narra toda la expedición del guando, entre la estación de tren de Huigra, donde está la maquinaria, y Cuenca. Es un capítulo muy largo y muy bien escrito, con el que realmente consigue transmitir la impotencia de los indios ante las continuas vejaciones e injusticias que sufren a manos de cholos y criollos. Al leerlo me quedó muy claro que este es el capítulo con el cuál había decidido Joaquín Gallegos Lara para finalizar la novela, pues resulta muy conclusivo para todas las sub-tramas. Sin embargo Nela Martínez añade cuatro capítulos más que apenas guardan relación con lo narrado anteriormente, capítulos en los que se explica cómo Pablo Faicán se convierte en el mesías de los indios de Ecuador.
En general diré que es una novela, un duplo de novelas, muy recomendable y que cumple a la perfección su objetivo. Si algo podemos achacar es una cierta irregularidad en los capítulos de la segunda parte, ya que en ocasiones se pone tan poética que se vuelve demasiado densa, cosa que no ocurre en los primeros episodios. Pero igualmente se lee muy bien.

 
 
Puntuación: 73/100

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sábado, 14 de noviembre de 2009

HISTORIAS ESPECTRALES - Edgar Allan García


Título: Historias Espectrales

Autor: Edgar Allan García (Guayaquil, Guayas, 1959)

Año de publicación: 2006

Edición: Alfaguara, serie Roja, primera reimpresión, marzo 2007

Páginas: 140, prólogo + 15 cuentos + estudio

Luego del enorme éxito conseguido por Leyendas del Ecuador, aquí está lo que podríamos llamar una continuación para lectores jóvenes y adultos. En esta ocasión, Edgar Allan García ha logrado recrear espacios y personajes que a más de uno le pondrá la piel de gallina y le helará la sangre, por lo que recomendamos que la mayoría de estas historias no se lean de noche, ni mucho menos a solas, a menos que se consideren muy valientes.

Los mitos, leyendas y cuentos de este libro, y su intensidad, son una gran enseñanza sobre el Ecuador profundo, alimentado desde siempre de magia y misterio. Estamos convencidos de que este libro se convertirá en un verdadero clásico de la literatura infantil.

Hoy me toca comentar el último de los libros de relatos de los que me traje de mi reciente viaje a Quito. Todos los libros ecuatorianos que comentaré desde ahora hasta dentro de bastante tiempo serán novelas. Y el broche con el que cerraré este ciclo (ciclo que abarca “Leyendas y tradiciones quiteñas”, “Novelitas ecuatorianas” y “Estampas de mi ciudad”) es inmejorable. El libro del que voy a hablar a continuación me ha parecido el más ameno y el más regular.

“Historias espectrales” es una colección de cuentos cortos, ambientados en distintas localizaciones dentro de la República del Ecuador (considero un gran acierto el situar cada uno de ellos en su correspondiente lugar antes de comenzar cada historia), en los que se narran leyendas populares. La colección en sí está dedicada a un público juvenil aunque no por ello se debería esperar que el autor se haya comedido con la atmósfera. Un claro ejemplo es el cuento titulado “El Supay”, digo heredero del mejor Lovecraft. Sí es cierto que aunque un fondo tenebroso fluye bajo la superficie de la mayor parte de los relatos García esquiva mostrarnos imágenes truculentas o situaciones realmente desagradables. Por ello, aunque en determinados momentos podemos sentirnos agobiados por la ambientación de algún cuento determinado (he de volver a referirme a “El Supay”; además de ser el cuento más largo es el más escalofriante y conseguido), hemos de decir que no son relatos de terror. Y me queda claro que no lo son porque el autor no lo ha querido. Si hubiera decidido desarrollar las historias por ese camino seguro que lo habría podido hacer, aunque la calidad del conjunto de la obra habría mermado.
“Historias espectrales” se puede considerar la continuación directa de la obra que dio a conocer al autor al gran público: “Leyendas del Ecuador”. No puedo hablar mucho de ese libro porque no lo he leído, pero lo conozco porque hay colgadas en la web unas grabaciones de audio que son, ni más ni menos, narraciones/representaciones de algunos de los relatos del libro mencionado. Para mí fue bastante como para que me sonara el nombre del autor (un nombre muy fácil de recordar y muy apropiado, pues su estilo a la hora de escribir recuerda bastante a Poe). Por lo que he podido comparar “Leyendas del Ecuador” e “Historias espectrales”, los cuentos que aparecen en este último parecen descartes del anterior, los cuales, por su temática, merecieron figurar en una obra diferente. Porque, si bien lo que diferencia ambos libros es que en el primero se cuentas leyendas más generales de estas tierras mientras que “Historias espectrales” está dedicada a aquellas que tienen relación con lo sobrenatural (algunas, que el último de los cuentos, “Bella Aurora”, sólo nos muestra cómo eran los festejos taurinos en el Quito colonial), el nexo de unión es la forma tan particular de narrar y reescribir las tradiciones populares que tiene Edgar Allan García. Uno de los cuentos que escuché de “Leyendas del Ecuador” es el titulado “El Yavirac”. Me resultó una historia muy interesante, un ejercicio de imaginación en el que el autor fusionaba elementos y formas tomadas de “Las mil y una noches” con el ambiente propio del fin del incario. No fue hasta después que me di cuenta que lo que me había contado García en ese cuento era la popular tradición de “La olla del Panecillo”, una de las más conocidas del Ecuador.
Lo mismo ocurre con esta obra. Sólo hay que buscar un poquito para encontrar que la base de los cuentos de este libro están ahí, que desde hace años se asustan a los niños de Zámbiza con la aparición de la Piedra yumba o que todo el mundo sabe que entre los muros de alguna vieja casona el Alamor hay una mujer emparedada esperando que la encuentren. La virtud del autor está en construir un clima de fábula alrededor de sus historias.
Sobre el estilo sólo pudo decir que García sabe adecuarlo perfectamente a lo que pide cada uno de sus relatos. Si el cuento está narrado por un anciano a un grupo de niños el estilo será sencillo, suave y el narrador salpicará su discurso con canciones y poemillas. Si la historia la cuentan los herederos de Naún Briones (me basta que aparezca este nombre en texto para que despierte mi interés; próximamente releeré y comentaré “Polvo y Ceniza”, de Eliécer Cárdenas, una de mis novelas favoritas), el tono será repetitivo, monótono, truculento y desordenado, como si realmente fuera un bandido analfabeto el que lo estuviera contando.
En fin, una colección de cuentos muy grata aunque algo escasa, ya que la mayor parte de ellos se despacha en un par de páginas. De hecho me gustan mucho los hiperbreves (los que están bien hechos, que algunos autores se escudan con la excusa de la economía de palabras para justificar su pereza), pero algunos de estos cuentos pedían, a mi entender, una mayor profundidad.

Puntuación: 88/100

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sábado, 7 de noviembre de 2009

ESTAMPAS DE MI CIUDAD (QUINTA SERIE) - Alfonso García Muñoz

Título: Estampas de mi ciudad

Autor: Alfonso García Muñoz (Quito, Pichincha, 1906; Bogotá, Colombia, 1999)

Año de publicación: 1981

Edición: Autoedición

Páginas: 186. Preámbulo+23 capítulos

"...Y este es el primero de sus méritos: la agudeza y fecundidad de su espíritu observador. Cuantos han escrito sobre costumbres quiteñas populares no han pasado de una docena de artícu­los. No han encontrado más asuntos ni han pe­netrado en todos los campos de observación. Bien es verdad que, con el cambio de costumbres y con la amplitud de la ciudad tentacular, que es Quito, se han multiplicado los objetos y los temas de estudio... ".



11.. .Su vis cómica no es menos digna de en­comio. El pueblo habla en las páginas de sus li­bros, con esa abundancia de modismos que for­man lo que tiene de llamativo el folclor. Los diálogos están tomados del natural. Si el arte los puliera, como pudiera hacerlo, perderían el encanto que tiene el habla popular. El mérito está en enlazarlos en la narración de modo que no se observe que el escritor adrede los conserva con su ingenuo primitivismo, obteniendo de ellos toda la gracia que encierran.


"... Los aficionados a la lingüística, que son muchos en América y aún en el Ecuador, encon­trarán en ESTAMPAS DE MI CIUDAD un arsenal abundante para extraer modismos, giros popula­res, ecuatorianismos, quiteñismos, que son tan apreciados y que tanto se utilizan en la compara­ción de dialectos y en la depuración del idioma de Castilla.


".. .Además de este servicio a las letras sus libros presentan otro muy valioso; en ellos que­dan estampadas dramáticamente nuestras cos­tumbres. Lo que no se encuentra en las obras de historia, serias y clásicas, se hallará en ellos...".


Nicolás Jiménez
 
El libro del que hoy hablaré, "Estampas de mi ciudad" de Alfonso García Muñoz, es una colección de relatos breves de carácter cómico que pretende mostrar situaciones y personajes típicos de la ciudad de Quito. De hecho la mayoría de estos relatos rinden homenaje al famoso chulla quiteño, una figura que podríamos considerar equivalente a la del pícaro de la tradición española. Este es un individuo que se dedica a buscarse la vida. Se caracteriza por una sempiterna comicidad no exente de un fondo de amargura y por un, pese a todo, rigor ético cuyas fronteras jamás traspasa. Dicho de otra forma, es un personaje de ficción que puede estar basado en un tipo social pero que, sin duda, ha sido idealizado por la literatura, el cine y la música popular. Lo mismito que el pícaro, en resumen.

Por lo que he entendido en el prólogo del libro los relatos de los que está compuesto fueron publicados en "El Comercio", diario del que Alfonso García Muñoz era colaborador. Posteriormente el mismo autor se encargó de recopilar todos sus escritos y publicarlos en Bogotá en una colección de series (la obra que estoy comentando corresponde con la quinta serie).
No he leído ninguno de los otros libros auto-publicados por el autor pero entiendo que la selección no ha sido planificada ya que no hay unidad ni relación entre las diferentes historias más allá de que estén todas ambientadas en la capital de Ecuador y que muchos de los relatos están narrados en primera persona por Evaristo, álter ego del autor. Evaristo es un pobre diablo con ínfulas intelectuales, un hombre que intenta sobrevivir con dignidad en una ciudad que quiere conservar su esencia añeja pero que está siendo transformada por obra y milagro de San Petróleo. Esta casado con Jesusa, una mujer de la calle (en el buen sentido de la expresión, si es que existe uno malo), deslenguada e impaciente pero cargada de esa sabiduría popular que se presupone a las verduleras. En algún capítulo parece que Evaristo trabaja en una oficina, en otros que se dedica a hacer chapuzas de lo que salga y en otros que hace las veces de amo de casa y es su Jesusa la que trabaja vendiendo joyas. Suele ser un personaje sobrepasado por los acontecimientos (acontecimientos que en numerosas ocasiones tienen el nombre de su mujer), a través del cual vamos conociendo mejor el corazón que late dentro de la gran ciudad. Las pinceladas pueden ser amables en unas ocasiones, trágicas en otras, pero siempre hay espacio para la ironía y los juegos de palabras. De lo que se desprende de sus opiniones es que el autor es un nostálgico del Quito en blanco y negro. Aunque intenta asimilar los cambios con humorismos siempre queda aquel regusto de que todo tiempo pasado fue mejor.
En este libro abunda la crítica social. Todos los relatos tienen si no una moraleja sí una queja, tanto a las convenciones sociales que impiden el progreso de los ciudadanos, como de las corruptelas de políticos y gobernantes, lacra endémica en ese país. Mención aparte merecen las páginas que dedica a los caciques y tenientes políticos de las provincias en el relato titulado "Caciques de aldea", uno de los más memorables del libro. También habla de las injusticias que sufren los indios, del injusto reparto de la nueva riqueza y de los pobres que malviven en su misma ciudad. García Muñoz ofrece siempre soluciones para arreglar su mundo, unas más utópicas que otras. El problema es que el tono general de la obra puede confundir al lector y no sabe si las críticas son en serio o no. Esto es algo que a mí me pasa con los cómicos ecuatorianos. Voy a poner un ejemplo que vi una vez en un vídeo del famoso humorista Carlos Michelena y que me parece que justifica mi afirmación:
Estamos en un parque y Michelena, con la cara pintada de blanco, representa su actuación rodeado por un corro de gente. El cómico se caracteriza vagamente como un preso (no recuerdo si se pone la típica camisa a rayas o un gorro), pone voz de falsete y hace su monólogo (no soy capaz de acordarme del gag, sólo sé que no me resultó muy divertido).
El público se descojona de la risa, Michelena se endereza, se quita el disfraz y, con su propia voz, dice:
-¿Les ha hecho gracia? Claro. Se nota que ninguno de ustedes ha estado en la cárcel. Pues que sepan que la vida del preso es muy dura…
Es como si un amigo te cuenta un chiste, te ríes y el amigo te echa una bronca por reírte.
Esa sensación es habitual al leer este libro. Algunas situaciones son ingeniosas pero de alguna forma García Muñoz quiere que te sientas culpable por permitir que esas situaciones ocurran.
Vale, no creo que sea incompatible el sentido del humor con la crítica social pero la verdad es que, personalmente, estoy acostumbrado a otro tipo de humor, uno políticamente incorrecto.
Otro detalle que me canta es que a menudo repite trucos, como esos finales del tipo todo fue un sueño (que se pueden justificar en el relato titulado "Soñar no cuesta nada" pero nunca en el llamado "¡Viva el carnaval!") o las apariciones del personaje del gringo, bastante repulsivo.
Lo que no se puede negar es que el retrato que hace de Quito es muy vivo. No sólo en las descripciones sino también en la forma de hablar de sus habitantes. Me refiero a los modismos que emplea y al uso de la proverbial sal quiteña.
Este es un libro recomendable para los que quieran conocer (o recuperar) una ciudad en un período muy concreto, el de la aparición del petróleo, cuando Quito se estaba transformando a pasos tímidos en la ciudad que es hoy.
Pero el que se quiera reír con estos cuentos, ya le aviso, con "Estampas de mi ciudad" no se va a partir el ojete, no.

Puntuación: 59/100



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sábado, 31 de octubre de 2009

NOVELITAS ECUATORIANAS - Juan León Mera


Título: Novelitas ecuatorianas

Autor: Juan León Mera Martínez (Ambato, Tungurahua, 1832; Ambato, Tungurahua, 1894)

Año de publicación: 1909

Edición: Libresa, colección Antares, primera edición 1999

Páginas: 253, Estudio introductorio + Algunos juicios críticos + Cronología + Bibliografía recomendada + Temas para trabajo de los estudiantes + 5 novelitas



(Novelitas ecuatorianas) pretenden reflejar una época, muestran las costumbres del lugar fielmente trasladadas y pintan seres que podrían ser el Juan de la esquina o el Pedro de la vecindad... el primer brote espontáneo de relato nacional, porque ya intenso, ya maduro, ya de mayor trascendencia, devendría en "novela de costumbres", es decir novela del lugar, relato propio.


Rodrigo Pachano Lalama


Novelistas y narradores

Hoy hablaré de un libro de relatos escrito por Juan León Mera, conocido por ser autor de, entre otras cosas, la letra del himno nacional de la República del Ecuador.

Esta obra, “Novelitas ecuatorianas”, está compuesta de seis historias. Dado que son sólo seis lo que voy a hacer es dedicar un pequeño comentario a cada una de ellas.


Entre dos tías y un tío
Sin duda este es el mejor relato de la colección. Trata de una huérfana que está al cuidado de su ruin tía. Bueno, ella y su herencia, que es hija de un héroe de la independencia. Ella está enamorada de un campesino joven y trabajador, pero pobre, por lo que su tía se opone al casamiento.
No sé hasta qué punto se puede considerar a Juan León Mera como un autor romántico (o tardo romántico, en cualquier caso), aunque es evidente que toda la obra, no sólo este relato, están muy influenciada por esta corriente. En este cuento no falta nada: el amor infortunado, los paisajes agrestes y tormentosos, la tragedia… En el momento de la lectura de este cuento me encontré leyendo a Bécquer, y eso en ningún caso puede ser criticable.


Porque soy cristiano
Con un título semejante me esperaba el típico cuento proselitista pero, afortunadamente, no es así. En esta historia nos encontramos en la época de las guerras civiles posteriores a la independencia. Un soldado enfermo es obligado a alistarse en una leva forzosa y queda al mando de un capitán chusquero que le amenaza, le agrede y le acaba mutilando. Pasa el tiempo y el ex soldado tiene la oportunidad de vengarse del capitán.
Este relato tiene moraleja, al igual que la mayoría de los que le acompañan, pero no afea mucho el resultado.


Un matrimonio inconveniente
Esta es la novela más larga y también la más difícil de leer. Y no porque sea pesada, que el autor sabe lo que hace. Es porque el tema ha quedado muy anticuado. Un hombre viudo y buen católico tiene una hija en edad casadera, la cual es pretendida por un joven galante, bien parecido y bien situado, de trato agradable y honrado a carta cabal. Sin embargo el padre no está conforme con el matrimonio por la gran lacra que tiene su futuro yerno: el susodicho es ateo. Finalmente el matrimonio se produce y la felicidad inicial se trunca con los primeros apuros económicos, ya que el yerno se derrumba al no tener un firme sustento moral donde agarrarse.
Hay que ponerse en situación para evaluar esta historia. Nos encontramos a finales del siglo XIX, donde la moral era un tema más considerado que ahora, y en América, donde incluso hoy en día la moral cristiana tiene mucho más arraigo que en el viejo continente. Pero no nos engañemos, las tesis que defiende el autor en este relato ya eran antiguallas en el momento de su publicación. Pero insisto, formalmente es impecable y ni siquiera cuando el carca del padre se enrolla en sus disquisiciones moralistas se convierte en un relato pesado.


Historieta
Las tres últimas novelitas son muy breves. En esta, a través de las palabras de un viejo indio que llevaba una existencia cómoda y que ahora malvive como siervo, nos encontramos con la tragedia de los pueblos de la serranía, ahogados por diezmos, priostazgos y la corrupción de funcionarios y curas.
Este relato adelanta lo que luego sería conocido como realismo social o indigenista, que tan maravillosamente trabajó Jorge Icaza en la inmortal “Huasipungo”.


Un recuerdo y unos versos
De este hay muy poco que decir. El propio autor (se supone que es el propio autor) nos recuerda un suceso que ocurrió hace algún tiempo, cuando ayudó a una joven enamorada a escribir un poema para su esquivo amante.
Un tanto intrascendente pero se resuelve en pocas páginas.


Una mañana en los Andes
Una comitiva, entre la que se encuentra el narrador, asciende a una elevación de los Andes accidentales para contemplar la salida del sol.
Todo el cuento es un cuadro en el Juan León Mera hace gala de sus excepcionales dotes a la hora de describir. No hay sombra de trama pero no lo necesita. Es una gozada mirar a través de los ojos del autor la magnificencia del paisaje ecuatoriano.


Estas son las novelitas presentadas en este libro. Todas ellas comparten algunos trazos comunes, como el hecho de estar situadas en los alrededores de la ciudad de Ambato, el afán de retratar las costumbres de un tiempo y un lugar, el valor ejemplarizante que suele concluir en una moraleja y su toque fatalista más propio de los autores románticos (el autor hablaba de estos relatos como de cuadros costumbristas y no me parece una definición descabellada, pero sigo pensando que estos cuentos tiene más que ver con el Romanticismo que con el Realismo).
Juan León Mera es un autor con mucho oficio a pesar de las pocas obras que nos legó. Escribe con mucha agilidad y eso hace que su obra se puede leer sin ningún problema, a pesar de lo mal que han envejecido algunos de los temas que trata. Quizás si la selección de cuentos fuera más amplia habría podido ser incluso odiosa, pero por suerte es una experiencia breve y grata.


Puntuación: 77/100
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